—Mejor no —decidió Elías finalmente.
Luego añadió:
—Dile a Vicente que ahorita no tengo energía para hablar con Jimena.
Su estado mental no era el mejor, y Jimena tampoco era alguien a quien necesitara ver con urgencia. Por el momento prefería no verla; ya habría tiempo de hablar cuando se recuperara y volviera a casa.
Su abuela asintió y le dijo a Vicente, que seguía en la línea:
—Dile a Jimena que tu hermano no puede recibirla. Que se regrese.
Luego, colgó, dejó el celular en el buró de Elías y le dijo:
—Descansa. No pienses en nada más. Recuperarte es lo más importante ahorita.
»Por más que tengas mil cosas en la cabeza, necesitas estar sano para poder hacer todo lo que quieres.
Elías la miró. Aunque ya era mayor, se conservaba muy bien y apenas aparentaba unos sesenta o setenta años. Sin embargo, con todo lo que había pasado por su culpa, de repente se veía mucho más cansada y envejecida.
Se sintió como el peor de los nietos por causarle tanta angustia.
Si tan solo hubiera escuchado sus consejos desde el principio, no habría terminado en esa situación.
Había perdido tanto a Jimena como a Isabela.
Cuando Rodrigo se le declaró a Jimena, él ni siquiera intentó competir por ella. En el fondo, él mismo había decidido dejarla ir, pero luego, cuando ella ya se había casado, se aferró a su recuerdo. Y lo peor de todo, terminó lastimando a una mujer inocente por culpa de esa obsesión.
De no haber sido por él, Isabela no habría muerto.
Al menos, la Isabela de su sueño.

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