Rodrigo guardó silencio otra vez.
—Rodrigo, si no hay nada más que decir, voy a colgar.
Al no recibir respuesta de él, Isabela terminó la llamada.
Dejó el celular y se recostó en el respaldo de su silla, meciéndose de un lado a otro. Al volver a la posición original, agarró de nuevo el teléfono y marcó el número de la señora Fátima.
La abuela era quien cuidaba de Elías, así que si quería saber de él, tenía que llamarla a ella.
La anciana contestó casi de inmediato.
—Señora Fátima.
Isabela comenzó con un tono cálido y gentil, preguntando primero por la salud del paciente:
—¿Cómo está Elías hoy? ¿Se siente un poco mejor de ánimo?
La anciana miró a su nieto postrado en la cama, todavía incapaz de moverse y mucho menos de levantarse. El ánimo de Elías seguía por los suelos, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y, justo en ese momento, parecía a punto de volver a caer en un profundo letargo.
Al fin y al cabo, era un hombre que casi no la cuenta. Haber sobrevivido con esas heridas ya era casi un milagro y su recuperación iba a ser muy lenta.
—Sigue igual, muy débil y sin energías. Duerme más horas de las que está despierto. Todavía no puede comer nada sólido y sigue con el suero. El doctor dijo que a partir de mañana ya podremos darle algo líquido y suave, como un poco de sopa clara.
—Estuvo muy grave, acaba de salir del peligro. Será un proceso lento, pero se va a recuperar.
—Señora Fátima, usted ya es mayor, también debe cuidar mucho de su salud. Deje que los más jóvenes de la familia lo cuiden en el hospital para que usted pueda ir a descansar. Elías tiene buena complexión física, en un par de días verá una mejoría notoria.
Isabela trataba de animar a la anciana y de recordarle que también debía cuidar de ella misma.
—Solo vengo durante el día para vigilar. En la noche se quedan sus padres o sus tíos. Los muchachos jóvenes de la familia todavía tienen que encargarse de todos los negocios.
Ahora que Elías estaba incapacitado, la pesada carga del Grupo Silva había recaído completamente sobre Vicente y Marco.


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