La secretaria guardó silencio.
Cuando el auto de Rodrigo salía del fraccionamiento, se cruzó con el de Álvaro e Isabela, que apenas iban llegando. Como Rodrigo llevaba los ojos cerrados, no se percató de que Álvaro iba al volante del otro vehículo.
Isabela sí reconoció el coche de Rodrigo.
Una vez que los autos se cruzaron, ella comentó:
—Ese auto que acaba de salir era el de Rodrigo, estoy segura de que lo vi. Y la mujer que iba manejando, juraría que era su antigua secretaria.
¿No se suponía que la había despedido?
Álvaro respondió sin apartar la vista del camino:
—Tenía un amorío intenso con ella. Cuando su esposa lo descubrió, él fingió despedirla para no llegar al divorcio y le dijo que ya no iría a trabajar. Todo fue una farsa. Si apenas están en plena luna de miel, ¿cómo la iba a dejar ir?
En temas de los bajos instintos masculinos, Álvaro era todo un experto en comparación con Isabela.
Isabela apretó los labios y luego soltó:
—Los hombres solo son fieles cuando están enterrados. Él y Jimena han sido amigos de la infancia, compartieron veinte años juntos. Y aun así, ni bien llevaban dos años casados cuando él ya le estaba poniendo los cuernos.
De tal palo, tal astilla. Lorenzo tuvo una amante y a un hijo no reconocido, era de esperarse que su hijo siguiera sus mismos pasos.
—Isabela, yo no soy así. Yo siempre seré fiel a mi hogar y a mi matrimonio.
Álvaro, consciente de la mala fama de su género, se apresuró a dejar muy clara su lealtad.
Ella giró la cabeza para mirarlo y contestó:
—Todavía no formamos una familia, ni nos hemos casado. Nadie puede garantizar que será leal toda su vida; el verdadero compromiso es algo que se demuestra hasta el último aliento.
—Álvaro, si algún día conoces a una chica que te mueva el tapete y nosotros ya estamos casados, quiero que vengas y me digas la verdad de frente. No te haré ningún escándalo, firmaremos los papeles y te dejaré el camino libre.


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