En el pasado, si ella hubiera tosido así, Rodrigo se habría vuelto loco de preocupación.
Pero esta vez, ni le acarició la espalda ni corrió a buscarle un vaso con agua. Se quedó parado ahí como un témpano de hielo, observándola ahogarse entre lágrimas.
Cuando al fin logró controlar la tos, se cubrió el rostro con las manos y estalló en un llanto incontrolable.
Él le arrebató el cigarro encendido de los dedos y lo aplastó contra el barandal metálico hasta apagarlo por completo para luego tirarlo.
—Tú nunca habías fumado, no te luce en lo absoluto. No andes queriendo imitar bajezas.
Las palabras salieron de su boca con una frialdad gélida.
—Ya es muy tarde, deja de llorar o no vas a poder dormir.
Jimena no paraba de llorar. Se le lanzó encima, aferrándose a su pecho con desesperación.
—Rodrigo, ¿ahora te doy asco? ¡Yo también fui una víctima! Si fui a buscar a esos malvivientes era únicamente para hundir a Isabela, ¡todo fue pensando en nuestro futuro!
La primera reacción de Rodrigo fue apartarla con violencia, levantó las manos, pero terminó dejándolas caer a los lados como plomo. Se mantuvo inmóvil como una estatua, permitiendo que ella continuara vaciando sus lamentos en su pecho.
—Jamás me imaginé que esos monstruos me harían algo semejante. Si hubiera tenido la más mínima idea, te juro que ni de broma me les acercaba.
—Rodrigo, perdóname... debí consultarlo contigo, fui una tonta al actuar a tus espaldas, pero te lo suplico, ¡todo lo hice por ti, por mí, por la vida que estamos construyendo juntos!
—Crecimos juntos, me conoces de toda la vida. ¡Sabes perfectamente la clase de mujer que soy!
—¿Cómo diablos se te ocurre que yo le entregaría mi cuerpo a esos perros sarnosos? ¡Me obligaron, fui una víctima!
Había sido víctima de todo aquello.
—Esa trepadora solo está detrás de tu cartera, no te va a servir para nada. Tú lo sabes mejor que nadie, esa tal Nuria y tu medio hermano no son presas fáciles. Si me echas de tu lado y rompes los lazos con la familia Castillo, te irás quedando sin peso dentro de tu propia casa.
Se secó bruscamente las lágrimas y los mocos, tragó aire para controlar los sollozos y recuperó esa vena calculadora que la caracterizaba, tratando de hacerle ver la realidad.
—No dudo que lleves años en el Grupo Méndez tejiendo tus redes, y todo el mundo dé por hecho que tú serás el que ocupe el trono. Pero no te equivoques, el que tiene la sartén por el mango sigue siendo tu padre. Con la salud de hierro que se carga, no me sorprendería que dure vivo otros veinte o treinta años.
—Para cuando decida jubilarse de verdad, tu medio hermano ya será un adulto en plenitud de facultades, mientras que a ti ya te estarán pesando los años. ¿Estás tan seguro de que serás tú quien se quede con todo el imperio del Grupo Méndez?
—A tu padre siempre se le llenó la boca diciendo que nunca le llegarías a los talones a Elías. Y tú sabes muy bien que no está satisfecho contigo. Con que el bastardo de tu hermanito le demuestre tantita más capacidad que tú, te va a arrebatar el lugar sin pensarlo dos veces.
—Y lo peor de todo: tú ya no tienes a tu mamá para que te defienda, y la familia de tus tíos ya no pinta nada. ¿Con qué artillería pretendes enfrentarte a ese niño? Él tiene a la bruja de su madre pegada como lapa. Tú mejor que nadie sabes que tu padre babea por ellos dos.
—Ya sabes cómo es esto: donde entra una madrastra, el padre biológico se esfuma. Solo es cuestión de tiempo, Rodrigo. Pronto, tú no serás más que una piedra en el zapato para tu padre.

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