En el pasado, si ella hubiera tosido así, Rodrigo se habría vuelto loco de preocupación.
Pero esta vez, ni le acarició la espalda ni corrió a buscarle un vaso con agua. Se quedó parado ahí como un témpano de hielo, observándola ahogarse entre lágrimas.
Cuando al fin logró controlar la tos, se cubrió el rostro con las manos y estalló en un llanto incontrolable.
Él le arrebató el cigarro encendido de los dedos y lo aplastó contra el barandal metálico hasta apagarlo por completo para luego tirarlo.
—Tú nunca habías fumado, no te luce en lo absoluto. No andes queriendo imitar bajezas.
Las palabras salieron de su boca con una frialdad gélida.
—Ya es muy tarde, deja de llorar o no vas a poder dormir.
Jimena no paraba de llorar. Se le lanzó encima, aferrándose a su pecho con desesperación.
—Rodrigo, ¿ahora te doy asco? ¡Yo también fui una víctima! Si fui a buscar a esos malvivientes era únicamente para hundir a Isabela, ¡todo fue pensando en nuestro futuro!
La primera reacción de Rodrigo fue apartarla con violencia, levantó las manos, pero terminó dejándolas caer a los lados como plomo. Se mantuvo inmóvil como una estatua, permitiendo que ella continuara vaciando sus lamentos en su pecho.
—Jamás me imaginé que esos monstruos me harían algo semejante. Si hubiera tenido la más mínima idea, te juro que ni de broma me les acercaba.
—Rodrigo, perdóname... debí consultarlo contigo, fui una tonta al actuar a tus espaldas, pero te lo suplico, ¡todo lo hice por ti, por mí, por la vida que estamos construyendo juntos!
—Crecimos juntos, me conoces de toda la vida. ¡Sabes perfectamente la clase de mujer que soy!
—¿Cómo diablos se te ocurre que yo le entregaría mi cuerpo a esos perros sarnosos? ¡Me obligaron, fui una víctima!
Había sido víctima de todo aquello.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda