Tenía unas cuantas copas de más, pero no al grado de perder el control de su cuerpo.
—¿Seguro que puede entrar solo, señor Méndez?
Le preguntó la secretaria con una falsa preocupación.
Rodrigo asintió vagamente.
—Estoy bien. Yo entro por mi cuenta.
Arrastrando los pies, avanzó hacia la puerta de la casa.
El mayordomo le exigió las llaves a la secretaria; cuando ella se las entregó, este, en tono cortante, le dijo:
—Señorita, tendrá que salir a la calle a pedir un taxi. A estas horas de la madrugada, no me molestaré en acompañarla.
—Es una caminata bastante larga hasta la salida principal —replicó ella—. ¿Podría al menos llevarme hasta ahí y yo me pido el coche desde allí?
El mayordomo lo dudó por un segundo, pero fue tajante:
—Lo lamento, no puedo hacer eso. Si la señora llega a enterarse, mañana mismo estoy en la calle sin trabajo.
Sintiendo el desprecio, ella decidió ahorrarse más humillaciones y no insistió.
Dio la media vuelta y enfiló hacia la salida.
Para su fortuna ya conocía la ruta, pero le esperaba una caminata de mínimo media hora hasta encontrar un alma viva en la calle.
Seguramente no tocaría su cama hasta pasada la una de la mañana.
A Rodrigo poco le importaba su destino ni cómo demonios lograría llegar a su casa. Su aventura con ella no era más que un capricho; el único amor verdadero de su vida siempre sería Jimena.
Entró a la casa como alma en pena, se sirvió un vaso de agua y se desplomó en el sofá. Tras tragarse el agua de un sorbo, se dispuso a subir las escaleras.
La habitación de su padre y su madrastra ya estaba sumida en la oscuridad, y la puerta de su medio hermano estaba cerrada; lo más seguro es que ya todos dormían a pierna suelta.
Al llegar a la puerta de su cuarto, se quedó inmóvil por un momento antes de armarse de valor y empujarla.
La luz de la habitación seguía encendida.
El cuarto apestaba a alcohol; en la pequeña barra había un vaso a medio terminar que indudablemente era obra de Jimena.
Sin embargo, no había rastro de ella por ningún lado.
Se despojó del saco, arrancó su corbata de un jalón y se soltó los puños de la camisa antes de avanzar hacia la alcoba. La cama estaba vacía.

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