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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1091

—A menos que tengas la habilidad y el temple de un Elías Silva o un Arturo Rivas para tomar el control del Grupo Méndez por la fuerza. Pero, seamos honestos, ¿la tienes?

—Si tu padre decide aplastarte, no eres rival para él.

Jimena analizó la situación con frialdad: —Tu único respaldo es mi familia, la familia Castillo. Tenemos que estar unidos como pareja en esto para arrebatarle el poder del Grupo Méndez. Seguiremos el plan original: haremos que tu padre parezca loco y lo encerraremos en un hospital psiquiátrico.

—Mientras él siga vivo, tu madrastra no podrá heredar ni un centavo. Tu hermano aún es un niño, así que el Grupo Méndez será verdaderamente tuyo.

Su suegro y Nuria Valdez ya habían firmado el acta de matrimonio. Jimena sabía perfectamente que, si Lorenzo moría, Nuria tendría derecho a exigir su parte de la herencia como esposa legítima, y que Iván, ese hijo ilegítimo recién reconocido, también se llevaría su tajada.

Pero si Lorenzo no moría y solo perdía la razón, Nuria no tendría el poder para pelear por la empresa. Iván era demasiado joven, por lo que el Grupo Méndez caería por fin de manera legítima en manos de la línea principal de la familia.

Una vez que tuvieran el control absoluto, deshacerse de la madrastra y del medio hermano sería un juego de niños.

Rodrigo Méndez no pronunció palabra. Se limitó a escuchar en silencio el frío cálculo de Jimena.

Él lo sabía.

Lo entendía a la perfección.

Nadie conocía mejor que él lo precaria que era su propia situación.

Cuando Jimena se cansó de hablar, Rodrigo por fin respondió: —Puedo aceptar no divorciarnos, pero tengo mis condiciones.

—¿Qué condiciones?

—A partir de ahora, no nos meteremos en la vida privada del otro. Por supuesto, para mantener las apariencias y cuidar tu prestigio como la señora Jimena, si busco a otras mujeres, seré discreto. Y si te llegas a enterar, harás de cuenta que no sabes nada.

—En cuanto a nuestra intimidad como marido y mujer... necesito tiempo para procesar todo esto.

Durante los últimos dos días, cada vez que cerraba los ojos, solo podía ver las imágenes de ella enredada y enloquecida con otros hombres.

Él era su marido, por el amor de Dios. ¿Cómo no iba a importarle? Le hervía la sangre, lo carcomía por dentro. Estaba a punto de volverse loco de rabia.

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