Olivia, con la mano en la mejilla enrojecida, se volvió hacia su hermana con los ojos llorosos:
—¡Hermana, me pegó! Y yo ni siquiera estoy en su casa, estoy en la casa tuya y de mi cuñado.
Luego, miró a Jimena con desprecio.
—¡Jimena, tú no eres la dueña de la casa! No olvides que mi hermana es la señora de la casa ahora. ¡La que está viviendo aquí de prestado eres tú!
»Si no me soportas, lárgate a vivir a tu propia casa.
Olivia sabía muy bien que Jimena tenía una dote impresionante: varios apartamentos de lujo, un par de mansiones, locales comerciales alquilados y una colección interminable de artículos de diseñador.
Se moría de la envidia.
Realmente, la pobreza limitaba su imaginación.
—¿Y por qué tendría que irme? Me casé y entré a la familia Méndez, soy la nuera de esta casa, este es mi hogar. Tú solo eres una intrusa. Llevas aquí un buen rato de arrimada, metiéndote en mi matrimonio, hace rato que no te soporto.
»Nuria, más te vale que le digas que empaque sus cosas, no me obligues a sacarla yo misma. Esto no es un hotel de paso para que cualquier recogida venga a meterse. Y otra cosa, ¡ni se te ocurra traer a tus parientes muertos de hambre a hospedarse aquí!
Nuria esperó a que Jimena terminara de despotricar para responder:
—Jimena, te estás pasando de la raya. Si vas a golpear al perro, al menos respeta a su dueño. Olivia es mi hermana. Yo la invité a quedarse, y mi esposo estuvo de acuerdo.
»Le pegaste en mi propia cara. Si así la tratas cuando estoy yo, no me quiero imaginar lo que le haces a sus espaldas. Cuando lleguen tus consuegros para la boda, me va a encantar preguntarles cómo es que educaron a su hija.
Nuria no tenía ninguna intención de irse a las manos con Jimena en ese momento. Estaba a punto de ser la novia; ¿qué pasaría si Jimena le arañaba la cara?
La actitud prepotente de Jimena esa noche tenía un propósito claro: provocarla para que terminaran peleando como de costumbre.

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