—¡No tendrías por qué arrastrarme contigo al infierno y arruinarme la vida!
»¡Y si te atreves a dejarnos a mi madre y a mí sin nada, te juro que me aseguraré de llevarte conmigo a la tumba!
Elías se tocó la mejilla abofeteada mientras escuchaba sus gritos furiosos. Pero no estaba enojado.
La última vez que ella le había gritado, se dio cuenta de que su esposa no era tan mansita como aparentaba. Tenía un carácter fuerte.
Esa versión de ella, tan real y apasionada, le prendía.
Le encantaba esa faceta de su personalidad.
Él sonrió.
—¿Quieres llevarme contigo cuando mueras? Perfecto. Así tendremos compañía en el más allá, seguiremos peleando hasta el infierno, ¡y en la próxima vida volveremos a estar juntos!
Isabela sintió ganas de golpearlo, pero sabía que no podría ganarle.
Al final, agarró las botanas y se las arrojó todas encima.
—¡Estas botanas las preparaste para Jimena! —le gritaba mientras se las lanzaba—. ¿Por qué me las das a mí? ¡Ni siquiera me gustan!
»¡Y te lo advierto, Elías! ¡Si vuelves a ofrecerme algo que preparaste para Jimena, yo…!
—¿Tú qué? —preguntó Elías, protegiéndose de los proyectiles con las manos.
Cuando ella se detuvo, él se abalanzó sobre ella de nuevo.
Con la velocidad de un rayo, la atrapó. Esta vez, la aprisionó entre sus brazos, sujetándole firmemente las manos para que no pudiera lanzarle nada más.
La mejilla donde lo había abofeteado estaba roja, con la marca de sus dedos claramente visible.
—Isabela, estás celosa, ¿verdad? —preguntó Elías con voz ronca.
La miraba con una intensidad ardiente, con un toque de esperanza.
Había cambiado tanto que Elías se esforzaba por encontrar en sus palabras y acciones algún rastro del amor que antes sentía por él.
Antes, lo amaba profundamente.
No podía creer que, en solo dos meses, ese amor se hubiera desvanecido por completo.
—¿Celosa yo? Elías, ¡en esta vida, nunca más volveré a sentir celos por ti!
—Elías, ni se te ocurra olvidarla. ¡Es la mujer de tu vida, la mujer que has amado por más de diez años! ¿Cómo podrías olvidarla? No lo hagas. Si la olvidas, significaría que has cambiado, que no eres fiel a tus sentimientos.
»Está bien, está bien. No mencionaré el divorcio por ahora. Tú no te precipites, no cambies de opinión, por favor. Si cambias, ya no podré confiar en ti, porque si no eres leal a tus sentimientos, ¿cómo podría yo creer que serás bueno conmigo toda la vida?
Antes, cuando mencionaba el divorcio, él solo ponía mala cara y le pedía que no lo sacara a colación. Pero hoy, su reacción había sido demasiado intensa.
Isabela sintió un poco de miedo.
«No puede ser… ¿se habrá enamorado de mí?», pensó con pánico.
¡Por favor, no!
Ahora, su amor no le interesaba en lo más mínimo.
Que guardara su amor para Jimena. Ella no podía aceptarlo.
Ya se lo había dicho a sí misma, aún no podía divorciarse, sus alas todavía no eran lo suficientemente fuertes.
Fue su culpa, por no poder mantener la boca cerrada. No pudo evitar mencionarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda