—Estoy en la entrada del hotel donde se hospedan, me verán en cuanto salgan.
Álvaro dijo:
—Si les acomoda, podemos ir a platicar a una cafetería cercana; si no, también puedo entrar, solo tienen que bajar y llevarme a su cuarto.
—¿Nos invitas a comer, Álvaro? —preguntó Pablo—. Así platicamos mientras comemos.
Él había pedido comida a domicilio, pero con esas porciones no se llenaba. Y no era el único, los demás tampoco; al ser gente de rancho, acostumbrada a trabajar duro, siempre tenían buen apetito.
En la gran ciudad, la comida a domicilio era cara, servían muy poco y ni siquiera estaba buena, nada que ver con lo que preparaban en su restaurante de mariscos.
Álvaro aceptó sin rodeos:
—Está bien, hay un restaurante de comida rápida al lado del hotel, yo los invito.
Esperar que los llevara a un hotel de lujo era pedirle peras al olmo.
Unos diez minutos después, Álvaro y los Romero ya estaban sentados en el restaurante. Pidieron una mesa extra grande y ni así cabían todos.
Los que sobraban tuvieron que sentarse en otras mesas, pero los mayores se acomodaron en la principal.
Álvaro había accedido a invitarlos, pero con un límite: la cuenta total no podía pasar de los trescientos pesos. Si no fuera para poder hablar a solas con las personas que lastimaban a la mujer que amaba, jamás habría aceptado comer con ellos.
—¿Qué se puede comer con trescientos pesos? Con toda la lana que tiene, si no nos va a llevar a un restaurante de cinco estrellas, mínimo debería dejarnos pedir lo que queramos en este lugarcillo —se quejó Belén, la abuela de Isabela.
Álvaro replicó con voz grave:
—Si no fuera porque necesitaba un lugar para hablar con ustedes, ni siquiera gastaría trescientos pesos en invitarlos. ¡Miren cómo trataron a Isabela! Ella es la mujer que quiero, ¡y meterse con ella es meterse conmigo!
Belén respondió a la defensiva:

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