—Tu papá fue infiel y sufriste por eso. Ahora tú haces lo mismo, ¡no pensaste en mí ni un segundo! ¡Yo también sufro, a mí también me duele!
—Jimena, perdóname, lo siento mucho —dijo Rodrigo lleno de culpa.
Jimena apartó la mirada mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas como un collar roto.
Recordó cómo, después de casarse, Rodrigo siempre la usaba como excusa frente a Elías. Gracias a ella, el Grupo Silva le había dado innumerables proyectos al Grupo Méndez, trayendo enormes beneficios a su familia política.
Incluso su suegro la trataba con especial respeto.
Todos sabían que el Grupo Méndez obtenía esos contratos gracias a ella.
Y ella, para retener el amor de Elías, tuvo que ir en contra de Isabela. Si no hubiera intentado atacar a Isabela, no habría buscado a Ulises Peña, no habría caído en la trampa de Ulises y no cargaría con esa mancha de por vida.
Sentía que había cumplido con Rodrigo y con los Méndez, pero ¿cómo le pagaba Rodrigo?
Ulises la había engañado, le había tomado fotos y videos; ella había soportado esa humillación en silencio, sin atreverse a decírselo a Rodrigo. A pesar de esa vergüenza, ella quería llevar una buena vida con él.
Siempre puso los intereses de los Méndez por encima de todo.
Pero Rodrigo...
Cuanto más lo pensaba, más le dolía y más fuerte lloraba.
Levantó la mano y le dio una cachetada con todas sus fuerzas a Rodrigo. Luego se soltó de su agarre y salió corriendo, pasando por su lado.
—¡Jimena!
—¡Jimena!
Kevin, Ignacio y Rodrigo salieron tras ella al mismo tiempo.
Rodrigo fue más rápido; se adelantó y agarró a Jimena del brazo.
—Amor, perdóname, todo es mi culpa, soy un estúpido. Te fallé, pero ahorita mismo la corro. Te juro que nunca volveré a cometer un error así.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda