Jimena no dijo nada.
Rodrigo le tomó la mano y le dijo con seriedad:
—Jimena, solo cometí este error una vez, te prometo que no volveré a hacer nada que te lastime.
»Por los años que llevamos juntos, perdóname esta vez, ¿sí?
»Pero tú también tienes que prometerme que no volverás a ofrecerte a Elías. La verdad es que siempre me ha importado lo buena que eres con él, y sí me dan celos, pero me aguantaba porque no quería pelear contigo.
»Jimena, te casaste conmigo, eres mi esposa. Espero que me ames solo a mí y dejes de amar a Elías. Él ya te superó, ahora quiere más a Isabela.
»¿Para qué sigues intentando recuperar su atención? A menos que quieras divorciarte de mí para casarte con él, pero para eso Elías tendría que querer casarse contigo.
Jimena respondió:
—Rodrigo, esto es un asunto entre nosotros dos, ¿para qué metes a Elías?
Es cierto que Elías no quería casarse con ella; él había dicho que solo quería volver con Isabela.
Esa exclusividad que antes tenía con él se alejaba cada vez más.
Aunque Jimena quería recuperar a Elías y pensaba en cómo tenderle una trampa para cumplir la misión que le dio Ulises, en el fondo sabía que lo más sensato era seguir con Rodrigo. No quería divorciarse.
No divorciarse y pasar la vida con Rodrigo era su plan de respaldo.
Claro, lo ideal sería volver a como eran antes: ella y Rodrigo de esposos, y Elías como su confidente que la protegía y la ponía en un pedestal. Si no se podía volver al pasado, la opción sería divorciarse y que Elías se casara con ella.
Si esos dos caminos fallaban, solo quedaba la ruta segura: seguir casada con Rodrigo.
Ella no era una santa y Rodrigo había sido infiel; estaban a mano.
Ninguno podía juzgar al otro.
—No quiero meter a Elías, pero este asunto tiene todo que ver con él. Fuiste a buscarlo en la madrugada. Si no pasó nada fue porque él te rechazó. Si ese hombre no hubiera sido Elías, ahorita yo ya tendría una cornamenta enorme adornándome la frente.

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