Considerando la gran cantidad de hijos y nietos que tenía la señora Fátima, si de verdad no quisiera cenar sola, le bastaba hacer una simple llamada para que un batallón de familiares la acompañara.
Vanessa lo sabía perfectamente, pero por respeto a la posición y edad de la señora Fátima, no dijo nada.
Confiaba en el buen juicio de su hija.
Álvaro estacionó el coche e Isabela fue la primera en bajar. Al ver a su madre, a su tío y a su tía sonriéndole de esa forma, sintió un cálido consuelo en el pecho.
El hogar era su verdadero refugio. Llegar a casa y ver los rostros llenos de cariño y entusiasmo de su familia hacía que todo lo malo se disipara. Ahí, ninguna tormenta podía alcanzarla, y su humor mejoró de inmediato.
—Mamá, tío, tía… —los saludó Isabela.
—Qué bueno que ya llegas, ya es muy tard… ¿Qué te pasó en la cara? ¿Quién te pegó? ¿Por qué la tienes tan hinchada? ¡¿Qué desgraciado te hizo esto?!
La sonrisa de Vanessa se desvaneció de golpe al ver la mejilla roja e hinchada de Isabela, dando paso a una expresión llena de dolor y furia.
Sus tíos se acercaron corriendo, preguntando alarmados qué había pasado.
Cuando Álvaro bajó del coche, se convirtió automáticamente en el blanco de una lluvia de preguntas del tío de Isabela.
—Tío, tía… mejor entremos a la casa y les explico todo —pidió Álvaro con calma.
—¿Qué pasó? ¡¿Qué le pasó a mi Isa?!
Fátima llegó justo en ese momento, moviéndose rápido como un torbellino, llena de preocupación.
—No es nada grave, señora Fátima. Mamá, vamos adentro.
Todos entraron a la sala. Una vez sentados, Isabela soltó la noticia:


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