Álvaro aclaró:
—Para conquistar a Isabela me bastan mis buenas intenciones y mi sinceridad, no necesito su ayuda. Dense por bien servidos si no son un lastre para ella. ¡Háganse a un lado! Si no se quitan ahorita mismo, llamaré a mis escoltas y la cosa se pondrá fea.
Acto seguido, sacó su celular dispuesto a marcarle a su equipo de seguridad.
Los Romero entraron en pánico y se apresuraron a detenerlo.
Pablo se excusó rápidamente:
—Bueno, Álvaro, pero mínimo páganos la cuenta antes de irte.
»Yo ni hubiera pedido esos platillos si no fuera porque nos prometiste invitarnos a cenar.
Álvaro se quedó mudo ante su descaro.
Había cometido un gravísimo error al haber ido esa noche.
Con razón Isabela había usado su propio cuerpo como carnada para que encerraran a esos problemáticos.
Aunque ella no había crecido con la familia Romero, los tenía muy bien leídos y conocía su avaricia a la perfección.
No se iba a dejar mangonear fácilmente, y mucho menos les cumpliría ningún capricho.
Álvaro había ido con la genuina intención de ayudar a Isabela a resolver este lío. Nunca se imaginó que serían tan irracionales y que lo único que buscarían sería sacarle provecho.
A él no le faltaba el dinero; fácilmente podía cumplir todo lo que la familia Romero exigía en un santiamén.
Pero, ¿por qué habría de hacerlo? Ellos habían maltratado cruelmente a la señora Vanessa y a Isabela en su momento; él quería buscar justicia para Isabela, no complacer a esa bola de parásitos.
Esa gente no tenía llenadera; si cedía ante sus exigencias, seguramente pedirían más y más cosas.
Además, si en verdad terminaba pagando en nombre de Isabela, ella se enojaría muchísimo al enterarse.

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