Como mucho, serían unos cientos de pesos al mes.
Para la Isabela de ahora, unos cientos de pesos no representaban ninguna presión.
Álvaro se sintió un poco avergonzado.
—La verdad, no me esperaba que fueran tan descarados. Es la primera vez que me topo con gente tan cínica e irracional.
—En nuestro mundo, gracias al poder de nuestra familia, casi siempre nos encontramos con gente buena. Claro, esa bondad se basa en que tienen algún tipo de relación con los Morales.
Cuando eres lo suficientemente fuerte, todos a tu alrededor parecen buenas personas.
Pero cuando caes en desgracia, te das cuenta de que la gente a tu alrededor muestra su verdadera cara. Con que no hagan leña del árbol caído ya es ganancia.
Al final, todo se reduce al interés.
—Ya les advertí que si se atreven a molestar a Isabela de nuevo, haré que no puedan ni vivir en su propio pueblo.
—Es cierto que no les va bien en su pueblo —dijo Carolina—. Si les fuera bien, no vendrían a buscar a Isabela para sacarle dinero. La oí mencionar que sus parientes de allá son de un pueblo pesquero en la costa.
»Cuando su padre vivía, él y su madre tenían una marisquería. En temporada alta, con la playa llena de turistas, el negocio iba bastante bien. Pero cuando su padre murió, sus abuelos se quedaron con el restaurante y se lo dieron a Joel para que lo administrara.
»A Joel no le fue bien. Dicen que no era honesto, que le gustaba estafar a los clientes. Lo multaron varias veces, pero nunca aprendió. Su mala fama arruinó el negocio.
»A los otros parientes de Isabela tampoco les va bien. Como están en la ruina y saben que a ella le va de maravilla, la envidian y vienen a exigirle dinero. Se podría decir que están desesperados, así que probablemente tu advertencia no les importe.
Como no tienen nada que perder, no le temen a nada.

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