—Querían arrastrarte, mamá, y yo quería salvarte, pero no podía liberarme. Tenía tanto miedo, miedo de que te vendieran, de no volver a verte nunca más.
Hacía más de diez años que no tenía esa pesadilla de su infancia.
La aparición de la familia Romero había desenterrado aquel trauma, provocándole la misma desesperanza e impotencia que sintió al borde de la muerte en su vida pasada.
Vanessa abrazó a su hija, consolándola.
—Ya pasó, tranquila. Tu tío Héctor llegó, los ahuyentó con un machete y nos sacó de esa casa. Isa, no tengas miedo.
Héctor intercambió una mirada con su esposa y también se unió para tranquilizar a Isabela.
Luna no sabía nada de lo que había pasado en aquel entonces; todavía no se había casado con Héctor. Se enteró de todo por boca de su marido tiempo después.
Héctor, en cambio, había estado allí. Aún recordaba cómo, al recibir la noticia, había corrido hacia allá con un machete en la mano. Cuando vio que intentaban separarlas para venderlas, se abalanzó sobre ellos sin importarle su propia vida.
Solo así pudo proteger a Vanessa y a Isabela.
Si Vanessa no lo hubiera detenido, habría acabado con toda la familia Romero en ese mismo instante.
Temiendo que realmente matara a alguien y arruinara su vida por algo que no valía la pena, Vanessa lo contuvo.
Al final, con aquel machete, se llevó a Vanessa y a Isabela de allí.
Isa tuvo pesadillas durante años, despertando entre gritos y llantos cada noche.
No fue hasta que Vanessa se casó con un Méndez y se mudaron a su casa que, después de más de un año, las pesadillas cesaron.
—¡Esos infelices! ¡Cómo es que Dios no se los ha llevado ya! —maldijo Héctor con rabia—. Y todavía tienen el descaro de venir a pedirle dinero a Isa.
Isabela se apartó del abrazo de su madre y se secó las lágrimas.

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