Dada la tensión actual entre ella e Isabela, si de verdad chocaba contra la puerta de su empresa, seguro que Isabela la haría pagar por los daños y probablemente hasta llamaría a la policía. No quería volver a ser detenida.
Jimena llamó a Isabela por teléfono.
Para su sorpresa, Isabela contestó.
—Isabela, ¿dónde estás? —preguntó Jimena con un tono agresivo.
—¿Necesitas algo? —respondió Isabela con calma—. ¿Acaso tengo que reportarte dónde estoy?
—Estoy en la entrada de tu empresa, tus guardias no me dejan pasar. Diles que abran, quiero entrar.
—Jimena, por favor, un poco de respeto. Son empleados de mi empresa, no simples guardias. El trabajo no tiene jerarquías, no insultes su profesión ni su dignidad.
»Fui yo quien les dijo que no te dejaran entrar. En tu carro llevas a dos personas que no quiero ver. De hecho, a ti tampoco quiero verte. Cada vez que te veo, me siento asqueada todo el día. Ya casi es hora de salir a comer y no quiero que me arruines el apetito. Mejor no nos vemos.
Jimena se puso lívida de la rabia.
—¡Isabela, eres una desgraciada! ¡Ya me las pagarás! ¿Así que no quieres verme? Como si me muriera de ganas. Mi empresa está justo enfrente de la tuya. Ya veremos cuándo vendrás a rogarme.
Jimena colgó.
Se giró hacia los dos ancianos en el asiento trasero y dijo:
—Isabela no quiere verme ni a mí. Me temo que no puedo ayudarlos.
Los Romero se sintieron un poco avergonzados. Pablo dijo:
—Lo sentimos, señorita, la hemos metido en problemas.
—Mi apellido es Castillo, Jimena Castillo, de la familia Méndez. Isabela es… familia, por así decirlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda