—Tampoco dejaría que te preocuparas. Ojalá pudiera encargarme de todo por ti, pero eres tú la que no me dejas ayudarte tanto —respondió Álvaro con voz cariñosa.
—Es que temo acumular una deuda contigo que no pueda pagar.
—No tienes que pagar nada. Lo hago porque quiero, no sientas que me debes algo.
Isabela se reclinó en el asiento, observando el perfil de Álvaro, sin decir nada más. Era guapo, y su perfil también era muy atractivo. Era un hombre que parecía refinado y gentil, muy diferente del estilo arrogante y ostentoso de Elías.
«¿Por qué lo estoy comparando con Elías?», se reprendió. «No tiene sentido. Elías ya no es el hombre que me gusta».
—Álvaro, yo… creo que empiezas a gustarme un poco.
Álvaro sonrió.
—Sería un honor para mí.
Por fin vislumbraba un poco de esperanza. Qué bien se sentía.
Isabela iba a decir algo más, pero su celular sonó. Vio en la pantalla un número desconocido, aunque le resultaba vagamente familiar. Como no recordaba de quién era, contestó.
—Señorita Romero.
Era la voz de Ulises Peña.
Isabela frunció ligeramente el ceño y preguntó con frialdad:
—¿Se le ofrece algo, señor Peña?
—¿Está libre esta noche? Quisiera invitarla a cenar —preguntó Ulises desde el otro lado de la línea.
—Agradezco la amabilidad, señor Peña, pero no tengo tiempo.
—¿No se supone que ya regresó, señorita Romero? No ha vuelto a la oficina ni ha ido a su tienda, ¿cómo es que no tiene tiempo? ¿O será que simplemente no quiere aceptar mi invitación? —insistió Ulises.
—Usted lo ha dicho.
No iba a aceptar la invitación de Ulises. Aunque él no le había hecho nada malo, Isabela sentía que ese hombre no era de fiar, que era sumamente calculador. Ni siquiera la investigación de Álvaro había arrojado información útil sobre él; el pasado de Ulises era un completo misterio.

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