―Relaja el cuerpo ―dijo y lo obedecí―¿Estás bien?
―Sí, estoy bien ―respondí en voz baja, avergonzada de mi propio deseo.
Debería estar insultandolo, golpeándolo. Le descubrí una amante, pero aquí estaba, ofreciéndome ante él. Porque no era capaz de enfrentarme a mi lujuria.
―Bien ―exhaló con fuerza, liberando tensión.
Supongo que estaba preocupado que lo rechazara y dejar esto a media.
Sentí como se abría paso en mi interior, implacable. Mis pliegues cedían con facilidad. Era un cosquilleo que me erizaba la piel.
Me llenó por completo, hasta el punto que su cuerpo hacía contacto con mis nalgas. Su mano presionaba mi espalda, enroscado el camisón en esa zona. Me mantenía contra la mesa mientras bombeaba sin contemplación.
Mis caderas subían y bajaban a su ritmo. Lo podía escuchar gemir cada vez que arremetía contra mi. Era un gemido bajo, ronco y masculino, que me calentaba la piel. Lo consideraba tan sexy y eso solo causaba que me mojara más.
Separé un poco más las piernas, permitiéndole profundizar.
―¿Escuchas eso? ―Su respiración era agitada―. Es lo mejor que he escuchado en mi vida.
No sabía muy bien a lo que se refería, hasta que lo escuché; el chapoteo de fluidos cada vez que entraba y salía de mí. Fui consciente de lo empapada que estaba y de cómo esa humedad bajaba por mis muslos.
No podía resistir mucho más. Los sonidos, las sensaciones, la situación, el lugar. Me estaba llevando a mi límite.
Y entonces, sus estocadas cambiaron de ángulo. Chillé, impactada. Una corriente cruzó mi espina, causándome escalofríos. Estaba tocando un punto sensible, tan importante, que todo mi sistema estaba colapsando.
―¡Por favor! ―supliqué.
Quitó su mano de mi espalda y en su lugar, subió mi pierna, dejándome con un solo pie tocando el suelo. Conocía esta posición, la había visto en varios videos porno.
―¿Sabes lo qué es? ―gruñó, sorprendido, tomando mi pierna con un poco más de fuerza―. ¿Alguien te hizo tener un squirt en el pasado?
―He visto videos porno, sé lo que es ―grité entre gemidos, cerrando los ojos con fuerza, en un intento inútil de calmar esa sensación tan placentera.
―¿Has tenido uno? ―preguntó. En su mirada pude detectar el placer mezclado con la amenaza. Me mantuve en silencio, sabiendo que no sabía cómo se sentía uno―. Entonces, deja que te enseñe lo que se siente.
Continuó embistiendo. Mis ojos se llenaron de lágrimas porque juraba que lo que sentía era unas tremendas ganas de orinar. Estaba haciendo lo posible por retenerlo, pero era tan frustrante. Solo quería dejarlo salir.
―Deja de resistirte. Me estás dificultando la tarea ―jadeó con necesidad.
Parecía que no era la única que estaba resistiendo. No quería correrse hasta que yo lo hiciera.
―Te vas a correr antes que yo ―declaró con fuerza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...