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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 181

••Narra Erika••

Seis años después.

Acomodé nuevamente el moño de Ámbar. Ya era la cuarta vez que lo hacía. Pero como se la pasaba saltando y corriendo por toda la habitación, terminaba con su cabello color caramelo suelto. Físicamente, se parecía tanto a mí. Era como si fuera una pequeña copia de mí.

Teníamos el mismo cabello, la misma forma de la boca, la forma respingona de la nariz y la misma estructura facial. Había un solo rasgo que no había sacado de mi persona y que era crucial, significativo e inolvidable. Sus ojos.

Eran dos perlas grises que poseía el mismo tono que Derek, no era ni demasiado claro, ni demasiado oscuro. Realmente, eran el mismo tono de gris.

Cuando la miraba a ella, miraba a su padre. Con la diferencia, que en su carita no había frialdad, era pura inocencia.

Me quedé viendo a mi pequeña Ámbar coloreando una estrella y le estaba quedando horrible, pero tenía que fingir que era lo más hermoso que vi en la vida.

Ámbar Fisher. Por primera vez, la heredera primaria de la fortuna Fisher será una mujer.

―¿Por qué carajos tengo que hacer esto? ―gruñó mi esposo del otro lado de la mesa, luchando con una maqueta de una ciudad―. ¿Qué clase de profesor le manda a una niña de cinco años hacer una maqueta?

―Uno que es consciente que no lo va hacer el niño, sino los padres.

―Entonces, ¿cuál es el sentido? ―Pasó su mano por su barba bien cuidada.

En estos últimos años, había decidido dejarse la barba y le quedaba de maravilla. Lo hacía lucir tan imponente y resaltaba aún más sus facciones bruscas.

―Quieren que los padres demuestren que están presentes y son participativos ―dije con calma.

El abuelo se rio, observando como su nieto luchaba con lo que supuestamente era la maqueta de una ciudad. Yo no estaba convencida de lo que estaba haciendo, creo que el profesor va a pensar que esa maqueta en realidad la hizo Ámbar, porque está horrible. Sin embargo, evité hace el comentario, ya se había esforzado mucho.

―Nunca hice una maqueta en toda mi vida ―refunfuñó―. Le pagaba a alguien para que lo hiciera. Y ahora resulta que después grande, tengo que hacer esto

―Ya nos dimos cuenta ―Se carcajeó el abuelo antes de meterse un canapé a la boca.

Habíamos acordado venir a visitarlo una vez por semana. Hubo un tiempo durante mi embarazo donde se descompensó y todos pensaron que había llegado su hora. Pero una vez que nació Ámbar, había recobrado la energía y la fuerza.

―¡Abuelito, mira mi estrella! ―gritó la niña, corriendo hasta el señor Horacio.

―¡Que belleza! ¡La estrella más linda que he visto en esta vida! ―expresó el señor Horacio, con una sonrisa de oreja a oreja.

Los abuelos eran muy buenos mentirosos.

Se enfrascaron en una conversación donde ella le explicaba porque había dibujado la estrella verde con rosado.

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