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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 111

―Muy bien, Erika. Ya es suficiente. Tu faceta celosa dejó de excitarme, así que sal ―habló con convicción.

¿Estaba excitado? Qué hombre más vulgar.

―No tengo hambre ―dije, acompañado de un rugido de tripa que no escuchó, por suerte.

―¿Sabes qué esta es mi casa? Poseo las llaves de cada habitación. La única razón por la que sigues allí adentro es porque te he dejado comportarte como una niñata. Pero no más. Tienes media hora antes que abra la puerta ―habló con seriedad.

Una vez que se fue, me levanté con prisa de la máquina.

Tenía que apurarme y salir de aquí antes que Derek abriera la puerta.

Salí, cerrando la puerta con extremo cuidado. Me giré sobre mis talones, chocando contra un cuerpo firme y fuerte. Unos brazos rodearon mi cintura.

―Que fácil eres de leer, sabía que saldrías ―La voz alegre de Derek retumbó en la habitación.

Me besó las mejillas como un bobo enamorado. Actuaba como si jamás le hubiese pateado las bolas y acusado de infiel.

―¡Suéltame!

―Vamos a comer, querida ―declaró, ignorando por completo mis quejas.

Me cargó como un costal de papa. Pude ver variados pies en cada pasillo que transitábamos.

―Fuera ―ordenó a los sirvientes del comedor.

Se sentó y me ubicó a mí sobre su regazo. Frente a nosotros había una gran variedad de platillos que me hacían agua la boca.

―Derek ―dije en un hilo de voz, percatándome de mi posición.

Él continuaba sentado, con una vista perfecta de mis partes íntimas. Su mano viajó por mi hendidura, recorriendo el camino una y otra vez. Me mordí el labio, porque sabía que cada vez pasaba sus dedos, estos se llenaban de humedad. Su mano fue reemplazada por su lengua; hábil y ansiosa.

Me agarré del mantel, dispuesta a todo. Introdujo uno de sus dedos en mi interior. La cabeza me daba vueltas.

―Esto es mío ―Introdujo otro dedo, moviéndolo a la par.

No podía resistir su lengua y sus dedos al mismo tiempo. Era demasiado. El placer se estaba acumulando en mi vientre. Grité al sentir un mordisco en la zona que une mi muslo con mi hendidura.

―Ni se te ocurra volver a sugerir que vas a estar con otro hombre, porque no lo pienso permitir ―Me dio una nalgada. Y otra. Y otra. Escuché la silla correrse y supe que se había levantado―. Y por lo que veo, no me golpearse con la suficiente fuerza para dejarme impotente.

Escuché su cierre bajarse y supe lo que se avecinaba. Y gemí. Estaba molesta con él pero aún así, quería sentirlo dentro de mí.

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