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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 37

••Narra Erika••

Mi cuerpo se sentía pesado, cansado. Los ojos me ardían al parpadear. Estaba en la cama de Derek, cubierta por las sábanas.

No sé en qué momento terminó la reunión, ni siquiera recordaba volver a casa. Creo que me quedé dormida en los brazos de Derek.

Recuerdo abrazarlo, rozar mi nariz contra la piel de su cuello, aspirar su aroma. En el momento en que me había sentado sobre su regazo, me llenó de esperanzas. Él me quería, por más que intentara negarlo o fingirlo, yo me daba cuenta. Porque los pequeños detalles que para otros eran insignificantes, para mí tenían mucho valor viniendo de alguien como Derek Fisher.

Por favor, acababa de golpear a alguien y dejar su cuerpo inerte a los pies de la mesa mientras seguía con la reunión como si nada. Si fuese otra persona la que estuviera en mi lugar, no le importaría un pepino si colapsaba en el piso o me moría de hambre.

Él me perdonaría, tarde o temprano, pero lo haría.

La puerta se abrió. Carla entró, sonriéndome.

―Que bien que ya despertó. Pensé que dormiría todo el día.

―¿Qué hora es?

―Van a ser las once.

―¿Del día? ―dije, preocupada.

Asintió.

Necesitaba apurarme o llegaría tarde al trabajo. Me sorprende que haya dormido tanto y aún así tenga sueño.

―¿Desayunara en la habitación o en el comedor? ―dijo con naturalidad mientras yo saltaba de la cama.

―Donde esté desayunando Derek ―grité desde el baño.

Necesitaba ganarme su confianza nuevamente, que me perdonara. Ni siquiera entendía porque me importaba tanto que me odiara. Es decir, yo siempre lo odié y sería normal que él me odiara a mí. Cada vez que lo insulté, rechacé o provoqué, quería que sintiera disgusto por mí en lugar de amor. Y ahora que había obtenido lo que tanto he buscado, no lo quería.

En el pasado me hubiese gustado que estuviese así de molesto conmigo, pero desde que comenzamos a vivir juntos… Ya no quiero su odio.

―El señor ya se fue.

Salí del baño para verla. Necesitaba observarla para entender lo que acaba de decir.

―El señor se fue ―repitió con el pesar en sus ojos.

―Oh, entiendo. Tiene sentido, es tarde. Debe trabajar ―dije con decepción.

No comimos juntos, no me despertó y se fue sin mí. Me la iba a dejar difícil. Me estaba demostrando que su perdón no era fácil de conseguir.

―Oh, mi niña. Perdone a ese maleducado ―La mujer se levantó y fue en mi dirección, tomándome las manos―. Ese muchacho es un necio. Yo no lo críe para comportarse de esa manera. Desde que usted llegó ha estado de un mejor humor. Bueno, excepto ayer…

¿Lo crio?

―Fue mi culpa; traspasé sus límites.

―No, señora. Usted habrá cometido un error al tomar el dinero y tal vez él no entienda sus razones, pero yo si. No necesito que me diga para que es el dinero, porque me puedo hacer una idea ―Me ofreció un gesto compasivo―. Derek le podrá dar joyas, comida y arriendo gratuito, pero entiendo que necesite su propio dinero para sus necesidades. Y mucho más porque usted tuvo una vida antes de venir a esta casa, supongo, que tiene cosas que pagar.

Tragué saliva.

Esta mujer de mediana edad que tomé como una simple ama de llaves, me estaba demostrando la ventaja de la experiencia en la vida, la forma tan sutil de tratar los temas, las discusiones.

―¿Qué tanto sabe sobre mi situación?

Su sonrisa se ensanchó mas dejó pasar mi desliz.

―En contra de su voluntad. De niño le encantaba ser llamado de esa forma, pero de adulto lo odia. Dice que me va a despedir cada vez que lo llamo así, pero no tiene los cojones para hacerlo, ni porque lo rete.

Ver a Carla hablando de esa forma, era como ver a una madre nostálgica recordando la infancia de su hijo.

Me llegué a preguntar hasta que nivel tuvo que criar a Derek.

―¿Irá al trabajo hoy? ―cambió el tema drásticamente.

―Sí, necesito comer rápido para llegar a tiempo.

―Señora… ―Vi a Carla vacilar―. Odio tener que informarle esto, pero Derek nos dio instrucciones de no permitirle usar los autos de la mansión con la excusa de que ya usted se ganó el suficiente efectivo para pagarse un taxi.

Derek no me iba a dejar fácil el ganarme su perdón. Y me lo estaba demostrando otra vez.

―Oh… entiendo ―traté de disimular la desilusión.

―Pero el jardinero me debe un favor. Le puedo pedir que te lleve en coche, Derek no tiene porque enterarse… ―Su rostro se iluminó.

Esta mujer me agarró un cariño y no entendía el por qué y cómo.

―No, no será necesario. Debo asumir las consecuencias de mis acciones, pero no usaré ese dinero; iré caminando.

El montón de billetes seguía sobre la mesa. Lo vi de reojo antes de salir de la habitación. No sentí más que tristeza ante esos papeles verdes.

Robarse ese dinero no valió la pena.

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