Capítulo 123 Olivia creía que, después de todo lo que había pasado, ya nada podría dolerle. Pero se equivocó; subestimó el daño que esa relación todavía le causaba.
Resulta que él lo sabía todo, lo recordaba todo.
Ella no negaba que, en el pasado, estuvo enamorada de él en secreto. Sin embargo, ese sentimiento siempre fue un tesoro que guardó solo para ella; jamás pasó por su mente intentar conquistarlo.
Cuando le pedía que le explicara algún tema de la escuela, lo hacía con la intención de pagarle para que fuera su tutor. Era su manera de ayudarlo a cubrir sus gastos cuando su familia lo dejó sin dinero, cuidando siempre de no lastimar su orgullo. En aquel Día de Muertos, cuando le dio un pedazo de pan dulce, solo quería compartir un poco de calidez con alguien que, como ella, también ocultaba sus propias heridas. Y luego, cuando le salvó la vida...
Incluso después de quedar lisiada de una pierna, nunca esperó nada a cambio, y mucho menos pensó en usar ese sacrificio para obligarlo a casarse con ella.
En este matrimonio, Olivia ya se había dado por vencida. Se había construido una armadura de indiferencia, repitiéndose una y otra vez que no permitiría que la lastimaran más. Pero jamás se imaginó que todo el cariño que alguna vez le dio se volvería en su contra, logrando atravesar sus defensas para dejarla, una vez más, destrozada.
"Ya no importa, que pase lo que tenga que pasar".
Se sentía agotada y decidió dejar de dar explicaciones. No valía la pena. El día que se fuera de su lado para siempre, él entendería por su cuenta si a ella de verdad le importaba ese título de señora Vargas.
Al verla así, Adrián intentó pasarle el brazo por los hombros para acercarla.
Ella contuvo el aliento.
Todavía recordaba perfectamente aquel Día de Muertos de hace años. Estaban sentados bajo un árbol de azahar compartiendo un postre y, al despedirse, una pequeña flor blanca cayó sobre el hombro del uniforme de Adrián. En la penumbra, esa florecita parecía brillar y él desprendía un aroma dulce y fresco. Durante toda su juventud, ese recuerdo la acompañó como un refugio cálido.
Pero ahora, el Adrián que intentaba abrazarla solo olía a una loción empalagosa que la asfixiaba.
Sintiéndose fatal, giró la cara y le quitó la mano de encima de un manotazo.
—Si vas a decir algo, dilo, pero no me toques. Ya te dije que me das asco.
Esas palabras encendieron la furia en la mirada de Adrián, pero en lugar de reclamarle, suavizó la voz.

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