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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 134

Capítulo 134 —¿No me odias ya lo suficiente? —preguntó Adrián, sonriendo amargamente.

Olivia se quedó en silencio.

Su relación había llegado a un punto irreconciliable.

Adrián suspiró. La envolvió con una toalla, la levantó en brazos y salió del baño. Regresó a la recámara y la dejó sobre la cama.

La sentó en el borde del colchón y regresó al baño.

Rosa acababa de cambiar la ropa de cama. Como Olivia todavía tenía el cabello mojado, las gotas empezaron a caer sobre las sábanas.

¡Tenía que secarse el cabello!

—¡Doña Rosa! —gritó Olivia. Quería secarse el cabello, pero la secadora estaba en el baño, y él también. No quería entrar y volver a cruzarse con él, así que pensó en pedirle a la señora que se la trajera.

—Ya te dije que doña Rosa no va a volver a entrar esta noche —dijo él, apareciendo de pronto con la secadora en la mano después de que ella gritara.

La conectó y, cuando el aire caliente le dio en la cabeza, Olivia se sintió confundida por un momento.¿ Qué pretendía? ¿Ganarse su favor? Seguro lo hacía por Paulina.

En la habitación solo se escuchaba el zumbido de la secadora. Ninguno de los dos dijo una palabra.

Olivia no quería hablar más. Sabía más o menos lo que Adrián iba a decir y no tenía ganas de gastar saliva.

Adrián, por su parte, le estaba secando el cabello con mucha concentración. No era muy bueno en eso, lo hacía sin ningún orden: un poco por aquí, otro poco por allá. Le dio varios tirones dolorosos, pero al menos logró secárselo.

—¿Dónde están las ligas? —preguntó.

¿Para qué quería ligas?

Él mismo buscó en el cajón y sacó una. Con torpeza, le recogió todo el cabello y le hizo un chongo en la parte superior de la cabeza.

Su cuello, sus hombros y gran parte de su espalda quedaron al descubierto.

—Mírate nada más. Por estar haciendo esa maldita rehabilitación, ve cómo estás toda golpeada—le reclamó Adrián. Le miró la espalda y la tomó del brazo para indicarle que observara.

—¡Mírate! —exclamó después de girarla para que se viera la espalda en el espejo.

Durante los ejercicios de rehabilitación, sí se había caído y chocado con los aparatos, lo que le dejó moretones en los brazos y la espalda.

¿Pero eso a él qué le importaba?

Él dio un jalón y le quitó la toalla que la envolvía.

—Adrián, ¡créeme que te voy a matar! —le advirtió, jalando rápidamente la colcha para cubrirse у mirándolo a la defensiva.

—Llevamos cinco años casados. ¿Trato de tocarte y te pones en ese plan? —le reprochó, sentándose frente a ella con una actitud sarcástica.

Reflexionó un momento. Desde que Paulina había regresado, siempre había mantenido la calma; nuncа había perdido los estribos. En cambio, él siempre se dejaba llevar por sus emociones cuando se trataba de Paulina.

—No creo que tengamos nada más de qué hablar — dijo ella con apatía—. Ya te dejé muy claro todo lo que tenía que decirte.

—Yo no quería que las cosas fueran así. Desde el principio hasta ahora, mi única intención siempre ha sido tener una buena vida a tu lado —aseguró Adrián, metiendo la mano bajo la colcha para buscar la de ella y sujetarla.

—¿Ah, sí?—Olivia se carcajeó con sarcasmo—. ¿Desde el principio? ¿Qué no al principio yo era una víbora manipuladora que se hizo la víctima para obligarte a casarte conmigo?

Adrián cerró los ojos y se quedó en silencio un buen rato.

—Señor Vargas, mi estimado señor Vargas. —Olivia sonrió—. Le pido de favor que me suelte la mano y me pase una botella de alcohol.

Cuando Adrián abrió los ojos, se le notaban mucho más las venas rojas.

Vaya que se había esforzado mucho estos últimos días para sacar a Paulina del problema.

No le preguntó para qué quería el alcohol. Se levantó a buscarlo y se lo entregó.

Ella se apoyó con ambas manos en la cama para sentarse, tomó la botella y empezó a rociarse alcohol en las manos, los brazos, las piernas, el abdomen y la espalda; en cada rincón que él acababa de tocar.

Hasta en el cabello se echó.

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