Capítulo 167 Olivia dio media vuelta y salió de la clínica.
Se dio cuenta de algo: ahora, sin importar por dónde caminara, ya no se encogía de hombros ni andaba con pies de plomo como antes, aterrada de que los demás notaran su cojera.
Sí, tenía mal la pierna, eso era un hecho; pero no era culpa suya ni mucho menos una mancha en su vida. ¿ Por qué tendría que avergonzarse?
El amor puede hacerte perder la dignidad. O, mejor dicho, amar a alguien que no te valora de la misma forma, te vuelve insignificante.
Pero una vez que tomas la decisión de dejar de amar, es como si de pronto pudieras volver a respirar y levantar la cabeza.
Al tener eso claro, lo que acababa de pasar en la clínica con Adrián y Paulina, por muy desagradable que hubiera sido, ya no le dolía. No había nada más emocionante que estar a punto de abrir sus alas y alzar el vuelo.
Adrián parecía seguir gritando su nombre a sus espaldas, mientras que Paulina no paraba de llamarlo:
"Adri".
Al final, su querido "Adri" se quedaría al lado de Paulina, como siempre. Igual que cada vez que tenía que elegir entre las dos.
Para ella, eso ya no tenía importancia. Adrián nunca le había pertenecido. Renunciar a algo que no era tuyo podía doler por un tiempo, sí, pero todo terminaba pasando.
Olivia tomó un taxi y se dirigió a casa de Mercedes.
Apenas llegó a la puerta del patio, empezó a llamarla a gritos, incapaz de contener la impaciencia.
La abuela salió de la casa a recibirla, le dio un abrazo enorme y le sonrió de oreja a oreja.
Como a Olivia le habían puesto puntos en la cabeza, le habían rasurado un buen pedazo de cabello y se notaba bastante. Por eso, ese día se había hecho un moño de lado a propósito, para tapar la zona sin cabello.
Por suerte, su abuelita no se dio cuenta.
Mercedes la tomó de la mano para entrar a casa, igual que cuando regresaba de la escuela de niña.
Adentro ya olía a comida recién hecha, ese aroma tan familiar que siempre la recibía.
Su abuela le entregó el sobre de paquetería con su pasaporte.
Lo abrió y se quedó mirando las dos hojas con las visas, revisándolas una y otra vez.
Le explicó a su abuelita cuál era la visa de estudiante y cuál era para la gira que estaba por hacer. Mercedes la escuchaba con una sonrisa radiante y no paraba de felicitarla, dándole el apoyo emocional que tanto necesitaba.
Al escuchar las cálidas palabras de la anciana, Olivia sintió un nudo en la garganta al pensar en que tendría que separarse de ella.
—Abuelita, vamos, di que sí... —La abrazó por la cintura —. Ven conmigo a ver a mi tía Lorena, ¿sí?
Mercedes lo pensó un buen rato, pero al final terminó aceptando.
—¿En serio, abuelita? —Olivia estaba que no cabía de la emoción.
—En serio. —Le acarició la cara. La mirada de la anciana se detuvo un instante en la cabeza de su nieta y sintió tristeza. ¡Esa niña le estaba ocultando cosas otra vez! Si estando en el mismo país la dejaba tan intranquila, ¿cómo iba a poder dormir en paz sabiendo que estaba en el extranjero? Era mejor acompañarla; a fin de cuentas, era su niña consentida y quería seguir cuidándola de cerca.
—¡Ay, abuelita! Entonces voy a sacar la cita de una vez para tramitar tu pasaporte —dijo Olivia—. Eso tarda un poco, pero en cuanto regrese de la gira, te llevo a sacar la visa. ¡Y así ya nos vamos juntas!


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