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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 170

Capítulo 170 Adrián se rio con sarcasmo. Le agarró la muñeca con la que se apoyaba en la puerta y, de un jalón, la apartó. Sin darle tiempo a reaccionar, entró al patio.

—Andando, señora Vargas —dijo mientras la tomaba por la cintura y gritaba hacia el interior de la casa—:

Abuelita, ¿quieres que Olivia y yo vayamos a comprar algo de fruta?

Lo único que le preocupaba a Olivia era que su pasaporte seguía sobre la mesa.

—No hace falta —respondió su abuela, saliendo con una sonrisa—. Tenemos mucha fruta en la casa.

—Bueno, entonces no compramos nada —dijo Adrián.

Sin soltar a Olivia, bajó la mirada hacia ella con.

satisfacción. Era como si la estuviera retando: "A ver, atrévete a hacerme un escándalo frente a tu abuela".

Se mordió el labio y se quedó callada.

"Haz lo que quieras, me da igual. Igual, ya faltan pocos días".

Lo primero que hizo al entrar fue mirar hacia la mesa.

Por fortuna, ya no estaba el pasaporte que había dejado ahí.

—Siéntense a descansar, ahorita les traigo un poco de sandía picada —les dijo la abuela.

—No te preocupes, yo lo hago —se ofreció Adrián, soltando a Olivia. Mientras caminaba hacia la cocina, preguntó—: ¿Dónde la dejaste? Ah, ya la vi.

No había nada más agradable que comer sandía fresca en una noche de verano para quitarse el calor.

El sol ya se había ocultado y corría una brisa suave.

Las luces del patio se encendieron puntuales; sus pequeños destellos parecían luciérnagas bailando entre las plantas..

Afuera, acomodaron una mesa. Sirvieron la sandía, y Adrián preparó una jarra de té y sacó un par de platos con aperitivos. Luego, llevó a Olivia al patio para que disfrutaran de la noche mientras hablaban.

—Qué buenas son estas noches de verano —comentó Adrián, recargándose en el respaldo de su silla con expresión relajada—. Cuando me daban vacaciones en la escuela, me la pasaba sentado en el patio con mi abuela, comiendo sandía para quitarnos el calor.

Mercedes, por su parte, movía un abanico de mano de un lado a otro.

—¿Todavía tienes calor, abuelita? —preguntó Adrián—.

Mi abuela era igualita. Siempre salía a refrescarse con un abanico en la mano, uno redondito y tejido, muy parecido al tuyo.

Elabanico que sostenía la mujer ya estaba bastante desgastado por el uso. En esos tiempos, casi nadie usaba cosas así.

—Es que no solo sirve para echarse aire —explicó ella con una sonrisa—. También es muy bueno para espantar a los mosquitos.

—¡Con razón! Ya se me hacía raro que te estuvieras echando aire en las piernas —se rio él. Pero de pronto, como si algún recuerdo le hubiera cruzado por la mente, su mirada se perdió en el vacío.

De un segundo a otro, el pequeño patio quedó en silencio.

—Abuelita —habló Adrián—, ¿qué te parece si, en unos días que tenga menos trabajo, nos vamos los tres de viaje? ¿A dónde te gustaría ir? ¿Al campo, a la playa? ¿ O prefieres que salgamos del país?

La mujer dudó un instante.

Al ver que estaba a punto de responder, Olivia se apresuró a interrumpirla.

—Yo no tengo tiempo para eso, y mi abuela tampoco.

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