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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 177

Capítulo 177 —¡Cómo va a ser poca cosa! Los dedos son muy sensibles —se quejó la abuelita, sosteniendo las manos de Olivia con el corazón apachurrado.

—En serio no es nada. —Sonrió Olivia. Aunque le dolía, comparado con lo que había sufrido en aquel accidente de auto, no era nada.

La cara de Adrián, en cambio, reflejaba una profunda molestia.

Olivia supuso que él también estaba recordando el accidente. De hecho, ese suceso era una mancha en el pasado de Adrián, un dolor oculto. Por culpa de ese choque tuvo que aceptar casarse con ella a cambio, y de ahí venía toda la amargura de su matrimonio.

Volvió a sonreír. No importaba, al final los dos estaban a punto de liberarse de todo eso.

Adrián la llevó en silencio a una clínica cercana para que le curaran las heridas. Cuando terminaron, le sugirió a Mercedes:

—Abuelita, ¿por qué no se va a descansara la casa un rato? Olivia y yo tenemos que hacer unos pendientes, pero más tarde la acompañamos de regreso.

—No hace falta —se apresuró a decir la anciana—. Ya me quedo tranquila viéndola vendada. Yo me regreso sola para que vayan a lo suyo. Ya veré cómo me las arreglo con ese malagradecido.

—Está bien —aceptó Adrián—. Voy a buscar al policía.

Por cierto, ¿sabe por qué mi suegro está tan terco con quedarse la casa?

La abuelita negó.

—Quién sabe de dónde sacó el rumor, pero parece que van a hacer un proyecto turístico por esta zona y van a demoler las casas del pueblo para indemnizar a los dueños —explicó él.

—Con razón... —murmuró Mercedes, comprendiendo todo.

—Oiga, ¿y a nombre de quién están los papeles de la propiedad? —preguntó Adrián.

La anciana dejó escapar un largo suspiro.

—En aquel entonces, ese infeliz le hizo el feo a la casa porque decía que en el pueblo no valía nada. Se llevó todos los ahorros que dejó mi difunto esposo y no nos dejó ni un centavo. Así que habíamos acordado que la casa se la quedaría Lorena.

—¿Dejaron algún testamento? —quiso saber él.

Mercedes volvió a negar, muy desanimada.

—Qué iba a haber testamento. En esos tiempos una no sabía nada de esas cosas.

—Entiendo. No se preocupe por eso, déjelo en mis manos—la tranquilizó Adrián.

Primero la llevó de vuelta a su casa. El chofer seguía haciendo guardia en el patio, sentado en una mecedora bajo la sombra; había cerrado la reja con candado y se estaba tomando tranquilamente un agua de jamaica.

Ernesto, por su parte, se negaba a irse. Estaba sentado afuera, tratando de convencer al chofer con una actitud bastante arrastrada.

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