Capítulo 222 Olivia contestó. Adrián parecía estar en una junta; se escuchaban voces de fondo, aunque por el sonido se notaba que estaba saliendo del salón.
—Olivia, vi el boleto. Mañana al mediodía vuelan a Valle Serrano, ¿verdad? —preguntó él.
—Sí. Llegamos, dormimos una noche y luego rentamos un auto para manejar por la zona — respondió ella con naturalidad, como si ya lo tuviera todo planeado al detalle.
—Bien —aceptó él—. Sácame de la lista de bloqueados; así no puedo transferirte nada.
—Ah, está bien. —Olivia cayó en cuenta en ese momento: él solo podía llamarla y mandarle mensajes de texto.
No supo quién pasó junto a Adrián en ese momento y le dijo en tono burlón:
—¡Vaya, vaya! ¿Quién se atrevió a bloquear al mismísimo director Vargas?
La risa de Adrián llegó a través del celular.
—Señor Solís, no se ría de mí; sin querer hice enojar a mi esposa —respondió él.
El señor Solís, a quien Olivia no conocía, se carcajeó.
—Ya me parecía. Solo su señora puede ponerlo en su lugar, director.
—Olivia, cuando regrese hablamos con calma. Tengo clientes. —Adrián colgó el celular.
Olivia se quedó pensando en el equipaje.
Para este viaje había decidido ir ligera: cuanto menos cargara, menos llamaría la atención. Ya compraría lo que faltara cuando llegara a la capital.
Con una maleta pequeña sería más que suficiente.
Lo que sí tenía pendiente era redactar el acuerdo de divorcio y la carta para Adrián.
El acuerdo no le resultaba difícil. Sus ahorros ya superaban el millón de dólares y no tenía intención de pedirle nada más. En Altabrisa había cinco propiedades a su nombre, incluido el departamento donde vivían. Pensaba quedarse con cuatro. El actual tenía como código la fecha de cumpleaños de Paulina, y la decoración entera respondía al gusto de ella; aunque Olivia llevaba cinco años viviendo ahí, no quería ese lugar para nada. Que se lo quedara él.
También tenía acciones de Graph Corporation, pero no pensaba pedirlas. La empresa era de Adrián; no quería seguir vinculada a él de ninguna forma. Si iba a romper, que fuera del todo. Con que liquidaran las acciones en efectivo era suficiente.
Lo demás, nada.
En cuanto a la carta, tardó mucho en decidir cómo escribirla. ¿Cargada de reproches y rencor? ¿ Enumerando cada una de sus faltas, una por una?
Al final decidió que no valía la pena.
Cada línea de odio acabaría volviéndose en su contra.
Ya no era necesario. Terminar bien le parecía demasiado generoso, pero al menos era una manera limpia de cerrar la puerta.

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