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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 299

Capítulo 299 —Santiago, quiero ir, jyo también quiero ir! —El muro moral dentro de Olivia se había derrumbado.

Tenía que ir a ver a su abuelita. Le aterraba pensar si en esas condiciones podría siquiera regresar con vida. Si algo le pasaba a su abuelita, entonces que la dejaran acabar con esas tres bestias aunque fuera lo último que hiciera.

Santiago apenas dudó un segundo antes de aceptar.

—Está bien, dile al señor Quiroga que te traiga.

Un almacén abandonado en las afueras de la ciudad.

Un lugar donde nadie había vivido en mucho tiempo.

Por todas partes había madera vieja, materiales en desuso, y cada rincón estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. El hedor erara insoportable!

Una cama improvisada con tablones de madera. El colchón y las cobijas llevaban años sin usarse:

estaban ennegrecidos y llenos de moho.

El suelo estaba salpicado de manchas de orina y restos ennegrecidos de excremento. De vez en cuando, alguna rata salía arrastrándose de los rincones y corría por todo el almacén.

En medio de ese lugar, sobre la cama yacía una persona reducida a piel y huesos, con los ojos cerrados, inmóvil, respirando apenas con un hilo de vida.

La puerta se abrió. Entraron dos personas: Ernesto y Eugenia.

En cuanto pusieron un pie adentro, se taparon la nariz. Sus caras eran de asco.

Eugenia traía un recipiente de comida en la mano.

Ernesto, tapándose la nariz, gritó:

—¡Mamá, a comer!

La abuelita Mercedes, tendida en la cama, ya no tenía fuerzas ni para darse vuelta. Hasta abrir los ojos le costaba un esfuerzo enorme, y su conciencia iba y venía entre la bruma.

Alcanzó a percibir vagamente la voz de Ernesto. Supo, también vagamente, que le quedaban pocos días.

Uno o dos, a lo mucho. Lástima que no iba a poder ver a Oli...

Aunque, pensándolo bien, era mejor así. Si Oli la viera en estas condiciones, cuánto iba a sufrir...

A estas alturas, ya ni quería seguir viviendo...

Ya no iba a poder.

Ernesto le vertía la papilla. Antes, tragar o escupir todavía le era posible con esfuerzo. Pero ese día, después de ese tazón, ya no le quedaban fuerzas ni para tragar. La papilla le entraba por la boca y le escurría por los labios, derramándose por completo.

—¡Te doy de comer y ni eso quieres! ¡Vieja necia! — Ernesto le volteó la cara de una cachetada.

La abuelita siguió sin moverse. Ya ni siquiera podía distinguir la cara de esa bestia que tenía enfrente; todo era borroso. Pero, sin motivo aparente, la imagen de Oli se le volvió nítida como nunca.

Desde que era pequeñita y apenas balbuceaba sus primeras palabras, hasta que creció un poco más y bailaba para ella. Después, el accidente. Y luego, aquel día en el aeropuerto, cuando le dijo: "Abuelita, espérame, voy a ir por ti..." Se le salió una lágrima.

"Oli, tu abuelita ya no va a poder esperarte".

"Me prometiste que ibas a ser feliz. Cumple tu promesa".

"En la otra vida, ya no seas mi nieta... Tu abuelita tiene miedo de no poder darte un buen papá..."

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