Capítulo 302 Adrián se quedó a un lado. Quería ayudar, pero no encontraba la manera de hacerlo.
No sabía quién era ese sujeto junto a Olivia, de dónde había salido ni por qué tenía tanta complicidad con ella. En cinco años a su lado, Olivia no había tenido contacto con nadie fuera de su círculo, pero bastó un mes separados para que apareciera alguien tan cercano a ella.
Olivia tenía toda su atención puesta en su abuelita; ni siquiera había notado que Adrián seguía ahí parado, mucho menos podía imaginar todo lo que le pasaba por la cabeza. Cuando Santiago terminó de acomodar a Mercedes, Olivia se sentó junto a la cama y acarició con suavidad la cara demacrada de su abuelita. Las lágrimas que había contenido se desbordaron sin remedio.
—Oli...
Adrián quiso acercarse a ella, abrazarla, consolarla, pero antes de que alcanzara a decir su nombre, alguien ya se le había adelantado. Santiago estaba junto a Olivia, rodeándole los hombros y secándole las lágrimas.
—Oli, ya pasó, ya pasó todo —dijo con voz suave.
Olivia negó, destrozada.
—Mi abuelita sufrió demasiado...
—Lo sé, a mí también me duele mucho, pero piénsalo por el lado bueno: logramos salvarla. Vamos a darle el mejor tratamiento y cuando salga del hospital la vamos a cuidar muy bien. Va a recuperarse.
Ella asintió, sollozando en voz baja.
—Entiendo, pero no puedo evitar sentirme triste.
—Supongo que si te digo que vayas a descansar no vas a querer, ¿o sí? —preguntó Santiago en voz baja.
—No. —Ella no iba a moverse de ahí por nada.
—Entonces mantente fuerte, come bien, descansa cuando debas, porque si no...
—Ya lo sé —dijo Olivia, arrugando la frente—. Mi abuelita puede despertar en cualquier momento. No voy a llorar más y voy a comer en un rato. No puedo dejar que me vea angustiada cuando despierte.
Santiago rio.
—¿Ya te estoy fastidiando?
—No —respondió Olivia en voz baja—. Es que siento que parezco una niña chiquita.
Le preocupaba ser una carga para Santiago, que siempre tuviera que buscar la forma de animarla.
Aunque ya podía apoyarse en él, esa costumbre arraigada en su esencia, la de no molestar a nadie y resolver sus asuntos sola, seguía ahí.
La culpa y la compasión golpearon a Santiago a la vez. Era su culpa: durante todos esos años, al estar fuera del país, no había tenido noción real de lo que pasaba con su familia. De haber sabido que existían esos desgraciados, habría venido mucho antes a llevársela de ahí.

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