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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 548

Olivia no pudo contener el sarcasmo.

—¿Anna sabe que estás haciendo esto? Eres un tipo bien raro, ¿tienes alguna obsesión con tus ex?

Adrián la miró y sonrió con amargura.

—Anna lo sabe. No le oculto nada.

—Eso sí, siempre fuiste un canalla a cara descubierta. En su tiempo, cuando estabas con Paulina, tampoco me ocultaste nada. —Olivia se levantó y se dispuso a entrar.

—Olivia. —Adrián la detuvo de nuevo.

—¿Y ahora qué?

Él se quedó callado un instante y preguntó en voz baja:

—¿Todavía me odias?

Esa pregunta tan ligera, “¿todavía me odias?”, fue como un huracán que revolvió todo el pasado desde el fondo del mar donde estaba enterrado.

Doce años se condensaron en un instante, una mezcla densa de agrio, dulce, amargo y picante.

Si hubiera sido antes, Olivia habría endurecido la mirada y, con la cara tensa, le habría dicho “no te odio”, se lo habría dicho a él y se lo habría dicho a sí misma, que de ahora en adelante serían como extraños, que la verdadera renuncia en este mundo es no tener ni amor ni odio.

Porque hasta odiar requiere energía.

Pero en ese momento, ella volteó y, ligera y pura como el viento de aquella noche de verano en el rancho lechero, le dijo:

—Ya no te odio.

Era cierto que ya no lo odiaba.

—Adrián… —su voz arrastraba un gran peso—, para ser honesta, lo estuve pensando después. Si ese día no hubieras sido tú, sino un niño, un anciano o cualquier persona común que me hubiera encontrado en la calle, también habría salido a empujarla. Solo que dio la casualidad de que esa persona eras tú.

—Olivia… entonces lo que odias no es haber pagado un precio enorme, sino lo que yo hice, lo que yo soy.

—Sí —admitió Olivia con franqueza—. Puedo aceptar que no me ames. Si hace seis años no me hubieras propuesto matrimonio, no te odiaría, porque el matrimonio no es para pagar un favor. Si en cualquier momento de nuestros cinco años de matrimonio me hubieras dicho que intentaste amarme en serio, pero que fracasaste, que nunca lograste enamorarte de mí, tampoco te culparía; al menos los dos lo habríamos intentado. Al final, estar casados no se trata de forzar las cosas.

Olivia hizo una pequeña pausa y desvió la mirada hacia el horizonte antes de continuar.

—Incluso si en el mismo instante en que Paulina volvió me hubieras dicho que tu gran amor había regresado, que querías el divorcio, quizás habría sufrido un tiempo, pero tampoco te odiaría. Nuestro matrimonio no debió ser una atadura, nos habríamos separado y cada quien habría buscado la felicidad. ¿No es lo que dicen? Uno se casa para ser feliz, y se divorcia también para serlo; entonces los dos teníamos derecho a buscar ese camino.

Ella suspiró, recordando aquella vida pasada.

—Adrián, el matrimonio es para vivir felices juntos. Lo que yo odio es que pisotearas lo que yo tanto atesoraba, que me engañaras, me hirieras, me rebajaras, todo para que otra persona pudiera pavonearse.

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