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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 550

Mercedes se interponía como si quisiera apartarla de alguna alimaña venenosa, no le permitía ver.

—Abuelita, estoy bien. Solo si lo enfrento puedo decir que lo he superado en serio, ¿no? —Olivia extendió la mano y le pidió las cartas.

Mercedes dudó largo rato y al final, con los nervios a flor de piel, terminó por entregárselas.

Olivia las fue abriendo una por una.

Leyó cada palabra con atención.

Julián le pedía perdón, evocaba muchos de los buenos momentos que habían compartido y le preguntaba qué tenía que hacer para recuperar su corazón, si acaso no había entregado ya bastante.

Al ver las palabras “entregado bastante”, a Olivia se le revolvió el estómago, pero tomó el vaso de agua helada que tenía delante, se lo bebió de un trago y empujó hacia abajo esa sensación de náusea.

Recién cuando terminó de leer la última carta, Mercedes, que la había observado sin pestañear, respiró tranquila.

—Abuelita, ya te dije que estoy bien. —Sonrió para consolarla.

Y justo en ese momento la llamó Santiago.

Le dijo que los padres de Julián habían llegado y querían que ambas familias se reunieran a comer; le preguntó si estaba dispuesta.

A Olivia, en realidad, ellos siempre le habían caído bien; solo que esta vez, no terminaba de entender con qué intención venían. Tras pensarlo bien, decidió ir a dar la cara: pasara lo que pasara, hacía falta cerrar el asunto como Dios manda, y además confiaba en que Santiago no la pondría en peligro.

Santiago también apoyó que fuera a verlos, y le dijo que tanto él como Lorena la acompañarían.

Así, esa misma noche, Olivia, escoltada por Lorena y Santiago, acudió a la cita con Julián y su familia en un restaurante.

Cuando llegaron, Julián y sus padres ya estaban allí.

La señora Beatriz Reyes, elegante y mesurada como siempre, le dedicó una sonrisa sutil apenas la vio.

—Olivia, esta cena es, sobre todo… porque, como familia, queremos despedirnos formalmente de ti. Tenemos pensado llevarnos a Julián de regreso; los negocios familiares no dan tregua y su hermana ya no puede sola con todo.

El señor Salazar, que había permanecido callado, tomó entonces la palabra con una determinación que no admitía respuesta.

—Lo pasado, pasado está. Los jóvenes a veces se dejan llevar, es natural. Cuando volvamos, lo pondremos a trabajar en la empresa, desde abajo, para que siente cabeza. Y ciertas ideas que no debió haber tenido también van a quedar enterradas.

Las palabras de Beatriz habían sido más veladas, escudadas en el pretexto del negocio; las del señor Salazar tenían una franqueza envuelta en cortesía.

Lo decía para que lo oyera Julián, pero también para que lo escuchara Olivia.

Era una postura, y a la vez una línea trazada.

Querían dejar claro que el hijo de los Salazar no se aferraría a nadie, y que Olivia, por su parte, debía apagar cualquier ilusión; ya no volvería a haber lazo alguno entre ellos.

Julián, con la cabeza agachada, alzó la mirada un instante hacia Olivia y enseguida la bajó de nuevo.

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