La tienda se ubicaba en una zona apartada que Brenda había encontrado en una aplicación de comida.
No había estacionamiento cerca, así que tuvieron que detenerse lejos del lugar.
De ahí en adelante, Cristina y Brenda siguieron la dirección indicada en la aplicación.
Mientras Natán estaba ocupado trabajando en su oficina, Sebastián entró con toda la información sobre la vida de Brenda.
Luego, con una expresión incómoda en el rostro, informó:
—Señor Herrera, el nombre real de Brenda es Gabriela Medeiros. Es la hija menor de la familia Medeiros y trabaja como actriz de voz.
Hasta aquí, todo sonaba dentro de lo normal. Sin embargo, Sebastián titubeó un poco antes de continuar:
—Dice aquí que le gustan las mujeres.
De pronto, se oyó el crujido de algo y la pluma que Natán sostenía dejó de moverse.
A continuación, nubes negras parecían cubrir al hombre sentado en el escritorio y, tras ponerse de pie, dijo:
—Vámonos.
Santiago no pudo evitar sentir escalofríos.
—Entendido.
Cristina y Brenda habían entrado a un callejón cuando comenzaron a oír pasos detrás de ellas.
Al darse la vuelta, se encontraron con un grupo de hombres vestidos como pandilleros; estaba claro que no eran más que rufianes locales.
Aun así, sus miradas traicioneras encendieron las alarmas para Cristina, quien puso a Brenda detrás de ella casi por instinto.
—De seguro a estos los mandó Sheila. Vete ahora y llama al señor Herrera —dijo Brenda con la mirada fija en los hombres; sabía que, si ambas salían corriendo, no tendrían oportunidad de escapar.
Pero Cristina sujetó con más fuerza la mano de Brenda y respondió:
—Están aquí por mí. Tú eres la que debería escapar.
Correr y dejar a su amiga atrás no era siquiera una opción.
En eso, el líder del grupo habló y dijo:
—No tienen escapatoria. ¡Chicos! ¡Ataquen!
Sus subordinaros se abalanzaron hacia las chicas, pero les Brenda soltó una gran patada.
A pesar de las diferencias de fuerza que podrían existir entre los géneros, nadie podía negar que la patada de Brenda fue poderosa. Tanto así que logró que uno de los hombres cayera arrodillado y dejara caer el garrote que sostenía.
Cristina se apuró a levantar el objeto y comenzó a abanicarlo con todas sus fuerzas por primera vez en su vida.
A la mitad del caos, unos autos Maybach negros aparecieron en escena y embistieron a los hombres hasta tirarlos al suelo.
La sola apariencia imponente de Natán tensó aún más el ambiente.
Antes de que los pandilleros pudieran procesar lo que ocurría, les llovieron golpes por todos lados hasta que el aire se llenó de olor a sangre.
—¡Natán! Hay que llevar a Brenda al hospital. ¡Está herida! —gritó Cristina con la voz entrecortada de lo preocupada que estaba por su amiga.
Después de ver en dirección a Cristina para asegurarse de que estuviera sana y salva, Natán respondió:
—De acuerdo.
A continuación, Cristina ayudó a Brenda a subir al auto antes de dirigirse al hospital.
Una vez en la sala de emergencias, el doctor trató las heridas de Brenda.
En un momento, el doctor aplicó antiséptico y Brenda abrazó a Cristina al tiempo que gritaba de dolor.
—¡Qué dolor! Jamás perdonaré a esos hombres. ¡Quiero que los arresten a todos!
Cristina, compasiva como siempre, acarició la cabeza de Brenda.
—Vamos, vamos. Tengo una crema que puedes usar para que no te quede cicatriz. No te preocupes.
En respuesta, Brenda se acurrucó en el pecho de Cristina y dijo:
—Mientras seas tú quien me aplique el medicamento, vale la pena salir herida.
Las palabras de su amiga alegraron el corazón de Cristina.
Natán, por su parte, solo veía como Brenda se agarraba del brazo de Cristina de manera desvergonzada; estaba que moría de celos. No quería verlas tan cerca la una de la otra, pero, debido a que Brenda se había lastimado salvando a Cristina, no le quedaba otra opción más que permitirlo.
Poco después, el doctor terminó de vendar las heridas de Brenda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?