Brenda estaba extasiada.
—Cristina, ¿te vas a divorciar?
Su pregunta dejó a Cristina confundida.
—¿De qué hablas? Solo quiero comprar una casa.
—Así es. Quieres una casa cuando ya tienes una muy grande a tu disposición. Eso solo puede significar que te estás separando de tu esposo, ¿no es así?
Cristina estaba desconcertada ante la insistencia de Brenda; no había nada malo ocurriendo entre ella y Natán.
—Por favor consígueme un agente inmobiliario confiable. Te explicaré luego —dijo Cristina.
No mucho después de terminar la llamada, Gabriela le mandó los detalles de contacto de un agende inmobiliario.
Acto seguido, Cristina se subió a un taxi y se dirigió al hospital.
Si bien no podías estar ahí todos los días, ella solía llamar al doctor a diario para preguntar sobre el estado de su madre.
A decir verdad, esta era la razón principal por la cual quería renunciar; quería pasar más tiempo con Sharon.
Cristina había ahorrado algo de dinero en los últimos años y, tras alcanzar algo de estabilidad financiera, lo primero que hizo fue mejorar la condición de vida de Sharon.
Una vez en el hospital, Cristina buscó al doctor para que le informara sobre la condición actual de su madre.
—Aunque es bueno que la señora Zúrita ya recuperó el conocimiento, su cerebro sufrió un trauma. Tuvo daño en el hipocampo, por lo que puede que sus memorias se encuentren fragmentadas. Espero esté preparada para eso.
Al oír esto, Cristina sintió una estocada en el corazón.
—¿Puedo llevármela a casa?
El doctor podía discernir que Cristina tenía apenas unos veintitantos, pero su mirada firme la hacía parecer más madura que otros de su edad.
—Sí. En el caso de su madre, lo que más necesita es la compañía de su familia. Eso beneficiaría mucho a su condición.
Un rato después, Cristina entró al pabellón donde Sharon dormía tranquilamente.
A continuación, preparó una toalla tibia con la que limpió el rostro de la mujer antes de acomodar su cobija.
Cristina pasó un buen rato al lado de Sharon y no se fue sino hasta que se terminó el horario de visitas en el hospital.
Tras salir del hospital, recibió un mensaje de texto del agente inmobiliario proporcionado por su amiga, quien le decía que había un chalé que cumplía a la perfección con los requerimientos que buscaba.
Cristina pidió la dirección y se dirigió a ese lugar de inmediato.
…
La casa era un chalé de dos pisos con patio. La extensión de la propiedad era de trescientos metros cuadrados, lo que la hacía un lugar perfecto para tres personas.
—La señorita Medeiros me la refirió, así que seré muy sincera con usted. Esta casa es nueva y jamás habitada. El dueño es un diseñador de interiores, así que todos los muebles y decoraciones son de muy buen gusto. El dueño emigró después de adquirir este chalé y rara vez venía a verlo, así que decidió ponerlo en venta.
Cristina estaba muy satisfecha con la propiedad.
—¿Cuál es el precio?
—Cinco millones.
Después de haber investigado los precios del mercado, Cristina sabía que la cifra era razonable, por lo que accedió de inmediato.
—Bien. Tenemos un trato.
Dicho esto, se estableció una cita para firmar el papeleo para el día siguiente.
Cuando Cristina hiciera el pago, la casa se transferiría a su nombre.
Después del encuentro con el agente, Cristina regresó a la mansión Jardín Escénico.
Para cuando llegó a casa, ya había pasado la hora de la cena, pero la comida que estaba sobre la mesa parecía intacta. Esto era inusual, sobre todo considerando que el auto de Natán estaba estacionado afuera.
Cual gatito, Cristina subió al estudio cautelosa y sin hacer un solo ruido.
Natán estaba sentado frente al escritorio con un vaso de whiskey en la mano; la luz de la habitación iluminaba su rostro de manera que realzaba su perfecto perfil.
El hombre Estaba en completo silencio, pero su presencia, con su aura elegante y distante, era suficiente para llenar el lugar. Era como estar viendo una pintura al óleo que lograba capturar la atención de cualquiera al primer vistazo.
Cristina pudo notar una expresión de molestia en su mirada tan pronto entró al estudio; era una expresión a la que no estaba acostumbrada.
Luego, tomó el vaso de vidrio de su mano y dijo:
—No has comido nada y, aun así, estas tomando algo tan fuerte. Esto no es bueno para tu estómago.

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