De pronto, Cristina sintió que la jalaban a la cama de manera súbita.
El parpadeo de sus ojos soñadores acentuaba sus largas pestañas.
Cristina notó una expresión un tanto molesta en el rostro de Natán y preguntó curiosa:
—¿Qué pasa contigo?
—Quiero que, de ahora en adelante, dejes de pasar tiempo con Brenda —ordenó Natán con un tono autoritativo.
—¿No te parece algo poco racional de tu parte? Brenda es mi amiga.
Cristina no lograba entender qué era lo que pasaba con Natán.
«¿Estarás cegado de celos?»
Natán maldijo entre dientes.
«Brenda es tan buena actriz que Cristina no puede ver lo que trama».
—Le gustan las mujeres, así que aléjate de ella.
En ese momento, todo tuvo sentido para Cristina, sobre todo después de ver el rostro celoso de Natán.
—Estás equivocado. Ella dijo eso para que su madre dejara de organizarle citas a ciega. Ella es heterosexual y ya tuvo un novio antes.
A pesar de estar sorprendido por la revelación, Natán mantuvo su escepticismo.
Luego, Cristina rodeó el cuello musculoso de Natán con sus brazos delgados y lo jaló hacia ella de manera gentil.
Además de su frío porte y exquisitas facciones, Natán expedía un aire de masculinidad, características que hacían que Cristina sintiera mariposas en el estómago cada que hacía contacto con su piel.
—Señor Herrera, ¿desde cuándo tiene celos de una mujer?
Natán entrecerró los ojos; la mirada de Cristina era como la de un zorro astuto cada que jugaba con él.
—No me gusta que otros toquen lo que es mío.
Su respuesta tomó a Cristina por sorpresa y un sentimiento cálido se asentó en su pecho.
Luego, ella alzó su cabeza para besarlo; el sabor de sus labios le aceleró el corazón y, en ese momento, perdió toda razón.
La pasión se apoderó del ambiente al tiempo que sus voces se desvanecían bajo la luz de la luna.
Mientras tanto, la policía llegaba a casa de Sheila, quien acababa de recibir noticias del líder de los pandilleros.
Tras recibir informe de que los pandilleros fueron contratados para lastimar a Cristina, la policía se apresuró a la casa de Sheila para detenerla y así continuar con la investigación.
Sheila sentía que se le caía el mundo; tenía la mente en blanco.
«¿Qué pasó? Ellos tomaron mi dinero y prometieron que le darían una lección a Cristina».
—Y ¿qué tiene que ver conmigo que esos hombres hayan atacado a alguien?
Pero la policía ya tenía suficiente evidencia contra ella.
—Respecto a la situación anterior que teníamos interrumpida, la señora Herrera desea que se traiga al perpetrador ante la justicia en este momento. Pero debemos informarle que la familia Herrera no es la única que está interponiendo demanda. La familia Medeiros también la acusa de responsable en un crimen, por lo que le pedimos coopere con nosotros.
Al darse cuenta del embrollo en el que estaba metida, a Sheila se le fue la sangre a los pies y se tiró al piso. Luego, comenzó a llorar desconsolada al tiempo que la envolvía la desesperanza.
Tras oír las noticias, Armando Jaramillo y su esposa se apresuraron a casa de inmediato y, al ver a la policía llevarse a Sheila, corrieron a su lado.
—Mi hija es una jovencita bien portada y no podría lastimar ni a una mosca! ¡Esto debe ser una equivocación!
—Por favor, muévase a un lado. Solo estamos haciendo nuestro trabajo.
Una vez en la patrulla, Sheila no podía parar de temblar.

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