Entrar Via

¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 227

Natán colgó el teléfono y se apresuró a ayudar a meter a Sharon a la casa.

Cristina iba detrás de él; el rostro pálido, cual hoja de papel, preocupó mucho a Cristina. No esperaba que su madre tuviera un trauma así de severo, consecuencia del encierro de Miranda, por lo que su enojo hacia ella se intensificó.

Al ver la condición deteriorada de Sharon, Sebastián no tardó en contactar al médico familiar.

A continuación, el trio regresó a la recámara.

Natán colocó a la señora sobre la cama y Cristina se mantuvo a su lado sosteniéndole su mano con firmeza; lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos y sollozó:

—Mamá, no tengas miedo. Todas las personas malas ya no están. Estás a salvo.

La voz de su hija ayudó a Sharon a tranquilizarse de a poco, aunque su respiración continuaba agitada.

Con todo, la señora volvió a agitarse, pero ahora, en lugar de pánico y perder la cordura, Sharon tomó la mano de Cristina y se rehusó a soltarla; sentía que, de no sostenerla, la perdería.

Cristina la consoló con voz suave:

—No temas, mamá. Estoy aquí contigo. Nadie puede lastimarte.

Unos momentos después, llegó el doctor y, tras examinarla, le inyectó un sedante.

Según el doctor, no había medicamento efectivo para alguien con una condición como la de su madre e incluso podrían perjudicar su cuerpo y nervios. La mejor opción de terapia era la compañía debido a que ayudaría a estabilizar sus emociones y prevenir una recaída.

Después de un rato, el medicamento cobró efecto y Sharon se quedó dormida, pero sin soltar la mano de su hija.

—Cristina, hija… No te enojes conmigo. No quería ocultarte esas cosas. Temía que me fueras a dejar… No me dejes, Cristina. No te vayas…

Al oír lo que murmuraba su madre, Cristina frunció el ceño.

«¿A qué se refería cuando dijo que no la dejara y que no me fuera?»

Cristina acarició el revés de la mano de su madre con cariño y le susurró al oído:

—No te preocupes, mamá. Estoy aquí contigo y no voy a dejarte.

Tras oír las palabras tranquilizadoras de su hija, Sharon sintió que le quitaban un gran peso de encima y cayó en un sueño profundo.

Ya era casi medianoche cuando Cristina salió de la habitación.

Natán había salido poco antes tras recibir una llamada.

Las luces del estudio seguían prendidas y proyectaban una sombra sobre el piso.

Natán movía sus dedos sobre el teclado con mucha gracia y su atractivo rostro lo hacía parecer un modelo de revista desde cualquier ángulo.

Cristina entró al estudio y dijo con voz baja:

—Voy a quedarme aquí para hacerle compañía a mi madre. ¿Por qué no te adelantas a la mansión Jardón Escénico?

Ella sabía que Natán sufría de misofobia y no le agradaba la idea de vivir en lugares poco familiares. Además, tenía sus propias exigencias respecto a la calidad de vida que disfrutaba. Por ejemplo, un artesano extranjero reconocido con muchos años de experiencia en su campo hacía sus almohadas a mano. Incluso sus toallas y cepillos de dientes eran personalizados y no estaban a la venta en ningún lado.

Consciente de esto, Cristina no quería forzarlo a quedarse.

Al oír esto, Natán dejo de teclear y dirigió su mirada a ella.

—Ya pedía a Sebastián que me traiga lo necesario del diario de la mansión, así que estaré bien si no regreso.

Su tono era tan casual como si esto no fuese más que un asunto trivial.

Cristina sintió una calidez en su pecho que no tardó en esparcirse al resto de su cuerpo. Ella sabía que Natán estaba haciendo todo lo posible por complacerla y que el hombre se preocupaba mucho por ella y por dar lo mejor de sí en la relación.

Esos detalles ayudaron a que lo amara cada día más y más hasta quedar enamorada de él.

—Me preocupa que no estés cómodo aquí. No tienes que hacer esto por mí. Tan pronto mi madre se sienta mejor, regresaré a la mansión Jardín Escénico —dijo Cristina con una expresión tranquila.

No podía dejar sola a su madre en estas circunstancias.

Natán la tomó de la muñeca con su cálida mano y la jaló hacia él. Luego, bajó el rostro un poco; podía oler su sutil fragancia corporal. Este último era un aroma que lo tranquilizaba.

A continuación, Natán abrió los labios de apoco y le besó su blanco cuello mientras decía con su profunda y magnética voz:

Cristina, por su parte, estaba preparando todo tan rápido como podía.

«Debo felicitar a Sebastián por su dedicación. Hasta empacó los pijamas de Natán. Claro, también está acostumbrado a preparar las valijas de Natán para sus viajes de negocios. Creo que hay mucho que puedo aprender de Sebastián respecto a este tema. Así, cada que Natán tenga que salir de viaje en el futuro, yo puedo hacer estas cosas por él. Después de todo, es parte de mis tareas como su esposa».

Después de hacer la cama, Cristina colapsó del cansancio y se quedó dormida.

Poco después, Natán abrió la puerta de la recámara despacio.

Al entrar, vio a la delgada chica acostada sobre la cama y envuelta en luz de luna. Estaba abrazando el pijama que él solía usar mientras dormía serenamente como un adorable animalito.

El hombre alzó las cobijas y la acomodó en la cama antes de abrazarla para dormir.

Al día siguiente, la pareja amaneció entrelazada.

Después del desayuno, Sebastián se hizo presente justo a tiempo para llevar a Natán al trabajo.

Cristina, por su parte, aprovechó su tiempo libre para ir a un supermercado no muy lejos de la propiedad para comprar algo de mandado.

Una vez hecho eso, fue al centro comercial a comprar una bufanda para su madre.

Tras ver diferentes opciones con distintos patrones, eligió una de color liso.

—Esa bufanda es muy elegante. ¿Es regalo para un adulto mayor? —dijo la voz de una mujer a su lado.

Cristina miró a sus costados y se encontró a una mujer que parecía estar en sus treintas y que vestía un traje de negocios. A juzgar por su apariencia, Cristina supuso que se trataba de un alto ejecutivo de alguna empresa y que probablemente también estaba buscando comprar una bufanda, así que le sonrió educada.

—Así es. Es para mi madre.

Con eso, la mujer sonrió más grande y se acercó intencionalmente a Cristina para decir:

—Qué buena hija eres.

Cristina asintió antes de darse la vuelta e irse.

«Qué confianzuda».

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?