Natán colgó el teléfono y se apresuró a ayudar a meter a Sharon a la casa.
Cristina iba detrás de él; el rostro pálido, cual hoja de papel, preocupó mucho a Cristina. No esperaba que su madre tuviera un trauma así de severo, consecuencia del encierro de Miranda, por lo que su enojo hacia ella se intensificó.
Al ver la condición deteriorada de Sharon, Sebastián no tardó en contactar al médico familiar.
A continuación, el trio regresó a la recámara.
Natán colocó a la señora sobre la cama y Cristina se mantuvo a su lado sosteniéndole su mano con firmeza; lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos y sollozó:
—Mamá, no tengas miedo. Todas las personas malas ya no están. Estás a salvo.
La voz de su hija ayudó a Sharon a tranquilizarse de a poco, aunque su respiración continuaba agitada.
Con todo, la señora volvió a agitarse, pero ahora, en lugar de pánico y perder la cordura, Sharon tomó la mano de Cristina y se rehusó a soltarla; sentía que, de no sostenerla, la perdería.
Cristina la consoló con voz suave:
—No temas, mamá. Estoy aquí contigo. Nadie puede lastimarte.
Unos momentos después, llegó el doctor y, tras examinarla, le inyectó un sedante.
Según el doctor, no había medicamento efectivo para alguien con una condición como la de su madre e incluso podrían perjudicar su cuerpo y nervios. La mejor opción de terapia era la compañía debido a que ayudaría a estabilizar sus emociones y prevenir una recaída.
Después de un rato, el medicamento cobró efecto y Sharon se quedó dormida, pero sin soltar la mano de su hija.
—Cristina, hija… No te enojes conmigo. No quería ocultarte esas cosas. Temía que me fueras a dejar… No me dejes, Cristina. No te vayas…
Al oír lo que murmuraba su madre, Cristina frunció el ceño.
«¿A qué se refería cuando dijo que no la dejara y que no me fuera?»
Cristina acarició el revés de la mano de su madre con cariño y le susurró al oído:
—No te preocupes, mamá. Estoy aquí contigo y no voy a dejarte.
Tras oír las palabras tranquilizadoras de su hija, Sharon sintió que le quitaban un gran peso de encima y cayó en un sueño profundo.
Ya era casi medianoche cuando Cristina salió de la habitación.
Natán había salido poco antes tras recibir una llamada.
Las luces del estudio seguían prendidas y proyectaban una sombra sobre el piso.
Natán movía sus dedos sobre el teclado con mucha gracia y su atractivo rostro lo hacía parecer un modelo de revista desde cualquier ángulo.
Cristina entró al estudio y dijo con voz baja:
—Voy a quedarme aquí para hacerle compañía a mi madre. ¿Por qué no te adelantas a la mansión Jardón Escénico?
Ella sabía que Natán sufría de misofobia y no le agradaba la idea de vivir en lugares poco familiares. Además, tenía sus propias exigencias respecto a la calidad de vida que disfrutaba. Por ejemplo, un artesano extranjero reconocido con muchos años de experiencia en su campo hacía sus almohadas a mano. Incluso sus toallas y cepillos de dientes eran personalizados y no estaban a la venta en ningún lado.
Consciente de esto, Cristina no quería forzarlo a quedarse.
Al oír esto, Natán dejo de teclear y dirigió su mirada a ella.
—Ya pedía a Sebastián que me traiga lo necesario del diario de la mansión, así que estaré bien si no regreso.
Su tono era tan casual como si esto no fuese más que un asunto trivial.
Cristina sintió una calidez en su pecho que no tardó en esparcirse al resto de su cuerpo. Ella sabía que Natán estaba haciendo todo lo posible por complacerla y que el hombre se preocupaba mucho por ella y por dar lo mejor de sí en la relación.
Esos detalles ayudaron a que lo amara cada día más y más hasta quedar enamorada de él.
—Me preocupa que no estés cómodo aquí. No tienes que hacer esto por mí. Tan pronto mi madre se sienta mejor, regresaré a la mansión Jardín Escénico —dijo Cristina con una expresión tranquila.
No podía dejar sola a su madre en estas circunstancias.
Natán la tomó de la muñeca con su cálida mano y la jaló hacia él. Luego, bajó el rostro un poco; podía oler su sutil fragancia corporal. Este último era un aroma que lo tranquilizaba.
A continuación, Natán abrió los labios de apoco y le besó su blanco cuello mientras decía con su profunda y magnética voz:

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