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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 229

Tras escuchar lo que dijo Natán, Cristina tuvo una sensación cálida en el corazón que indicaba que estaba conmovida. Si no fuera por la multitud, le encantaría darle un beso. Además de Cristina, todos los presentes tenían una expresión sombría; para ellos, las palabras de Natán tenían gran valor y oponerse a él era como cavar su propia tumba. Aun así, si solo ignoraban esta cuestión, se sentirían inquietos e incómodos.

—¿Quieren evidencia? ¡Pues aquí la tengo! —interrumpió alguien el silencio. Detrás de Natán, apareció la figura delgada de Cristina, cuya sonrisa indicaba despreocupación y cuyos ojos cristalinos sugerían un tono de inocencia e ingenuidad.

Aquellos presentes comenzaron a preguntarse si Cristina tenía idea de lo seria que era la situación y si ella era así de ingenua o si esta creía que podía comportarse con imprudencia por estar bajo la protección de Natán. Con toda la confianza, Cristina le entregó a Sebastián los documentos que tenía en las manos.

—Me acusaron de vender los secretos del Corporativo Herrera, ¿no es así? Este es, ¿cierto? —Entonces, añadió—: Abran los ojos y miren con claridad. Si tienen evidencia, pueden llamar a la policía. —Su expresión firme causó que los rostros de todos se oscurecieran más.

Enseguida, Sebastián revisó los documentos y sus ojos se llenaron de sorpresa, exclamando con alegría:

—¡Estas son instrucciones de seguridad de cómo usar el producto! ¡No hay información confidencial de importancia! —Él siempre supo que Cristina jamás traicionaría a Natán; no tendría sentido.

Sin poder creerlo, Magdalena le arrebató los documentos y comenzó a hojearlos, los cuales no eran importantes, sino que eran instrucciones para una silla de masajes.

«¿Cómo así? —No podía creer que Cristina le volteara las cosas—. Cristina no debió de tener suficiente tiempo para cambiar los documentos que tenía en las manos desde que entró a la sala», se preguntaba cómo se las había arreglado Christina para darse cuenta de su plan.

—¿Ahora pueden ver que soy inocente? —dijo Cristina orgullosa, con el mentón alzado y las manos en la cadera. Con la mirada resplandeciente, fijó la mirada en Magdalena, la cual tenía una expresión helada, y sonrió de manera burlesca.

—Ahora, todos echen un buen vistazo —dijo Sebastián, asintiendo y mostrándoles los documentos a los accionistas—. La señora Herrera no tiene ningún tipo de información confidencial a la mano. ¿Ya están satisfechos?

Los accionistas le dirigieron una mirada de reproche a Magdalena, como si esta los hubiera avergonzado. El accionista que fue el primero en hablar hace rato se dirigió a Cristina, diciéndole:

—Señora Herrera, la entendimos mal. Por favor, acepte nuestras disculpas.

Ante esto, los demás accionistas hicieron lo mismo y se disculparon con ella:

—Sospechar de usted fue nuestro error. Discúlpenos por nuestra ignorancia, señora Herrera.

Ante sus disculpas, Cristina se sintió algo satisfecha. Sacudió su pequeña mano en el aire y dijo:

—Entiendo que personas despreciables los engañaran; era solo un problema insignificante. Ya pueden retirarse. —Tras escucharla, unos accionistas se quedaron perplejos, pero sonrieron con ironía y se marcharon. Cuando vio a Clotilde López intentando escaparse, Cristina la detuvo y le preguntó—: Disculpe, señorita. ¿Quién la mandó aquí a ensuciar mi reputación? —Los ojos de Cristina brillaban de frialdad; ahora que tenía la oportunidad de atrapar a la culpable, no iba a dejarla escapar tan fácil.

Enseguida, el rostro de Clotilde se congeló y se puso pálido. Sus ojos eran como los de un ladrón con las manos en la masa, con un aspecto lleno de culpa; miró a Magdalena y no dijo nada. Entonces, para evitar que Clotilde escapara, Cristina le pidió a dos guardaespaldas se colocaran en la puerta y, entonces, ordenó:

—Nadie saldrá de aquí hasta resolver este asunto. —Su mirada fría paralizó a Clotilde en su lugar. Después, le preguntó—: Dime, ¿quién te dijo que vinieras aquí a difamarme?

—Yo… —Clotilde puso un rostro más feo. El sudor frío le recorrió las palmas de la mano, dudando si hablar o no.

Magdalena se adelantó con expresión tranquila, pero había un evidente tono de incomodidad:

—Si somos estrictos, no hubo una transacción. Olvidémonos de esto. —Quería resolver el asunto cuanto antes.

Justo entonces, sonó el teléfono de alguien. Clotilde contestó la llamada en altavoz. Al otro lado de la línea, se escucha una voz grave y magnética:

—¿Conseguiste los documentos?

Cristina reconoció la voz, la cual sin duda era la de Francisco: «¿En serio colocó un espía en el Corporativo Herrera? ¿O existía alguna relación especial entre él y Magdalena para que diera un paso al frente y la ayudara?».

—Señor Fernández, el plan quedó en ruinas. No conseguí nada —admitió Clotilde. Sin decir nada, Francisco colgó el teléfono. Ella guardó su teléfono y, en ese momento, se sintió como un animal atrapado—. ¿Ya me puedo retirar?

Natán les hizo una seña a los guardaespaldas que estaban en la puerta, a lo que ambos se apartaron, abriendo el paso. Sin dudarlo, Clotilde se dio la vuelta y salió.

—No se preocupe, señor Herrera. Haremos lo posible por encontrar al espía que metió Francisco a la empresa —le aseguró Sebastián. Era consciente de que una persona así era como una bomba para Natán; no una que lo dañara de manera física, sino una que perjudicaría los intereses de la empresa.

—Pueden retirarse —dijo Natán con calma. Luego, sacó a Cristina de la sala privada.

Magdalena observó cómo las dos figuras desaparecían, sabiendo que Natán no era tonto y que, de seguro, ya se había percatado de algo. Aquella noche estuvo a punto de ser descubierta; por fortuna, lo había hablado antes con Francisco. De lo contrario, Cristina le hubiera volteado la situación. Era más difícil de lo que imaginaba tratar con esa mujercita.

Sebastián fijó la mirada en Magdalena, teniendo dudas sobre ella que seguían sin resolverse y diciéndole:

—Le sugiero que no se meta en más problemas. ¡Si no, el señor Herrera no le dará otra oportunidad!

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