Cristina abrió los documentos sobre la mesa en el estudio de la mansión Sharoncella y se los llevó a Natán.
—¿Estos son los documentos de los que hablaban? —le preguntó ella. Él echó un breve vistazo y tarareó como respuesta—. Dejaron algo muy importante por ahí. ¿No les preocupa que les roben los documentos y los vendan? —Cristina se le acercó dando medio paso y entrecerró los ojos.
Por fortuna, ella fue precavida cuando se fue hace rato. Natán, por lógica, jamás olvidaría llevare unos documentos tan importantes y, además, Sebastián se lo habría recordado si sucediera. Cristina presintió que algo estaba mal, así que no tocó el documento, sino que usó el manual de instrucciones de una silla de masajes recién comprada para hacerlo pasar por los documentos.
—No lo harás —le dijo Natán al mirarla con frialdad. Le habló con tanta seguridad, como si viviera en su cabeza y pudiera leerle la mente.
—Eso es seguro. —Cristina le mostró un pulgar hacia arriba a manera de asentimiento—. ¿Es necesario pasar por tantos problemas, siendo que puedo conseguir lo que quiero al pedírtelo de forma directa? —Las mejillas regordetas de Cristina y sus labios un tanto curvados la hacían parecer una linda muñeca de porcelana.
—Ya es tarde, así que me iré a dormir. Tú también deberías irte a descansar temprano.
Cristina se le acercó de puntitas, le dio un pequeño beso a Natán, quien tenía un rostro inexpresivo, y le dijo:
—Buenas noches. —Se estiró con pereza, se dio la vuelta y se retiró. Tras cerrar la puerta, ella se sintió bien cobijada por esos ojos fríos y afilados de Natán, cuya mirada a veces la incomodaba a pesar de haber pasado tanto tiempo con este.
«Sé muy bien que Magdalena elaboró el plan de hoy y, por esto, creo que ella y Francisco tienen algún tipo de relación. ¿Será que están haciendo un complot contra el Corporativo Herrera?».
Cristina no se quedó de brazos cruzados a pesar de estar en casa. Tras revisar cómo estaba su madre por la mañana, se comunicó con un agente de bienes raíces para mirar unos cuantos estudios, los cuales estaban en áreas remotas muy lejos de casa. Cristina no quería pasar mucho tiempo conduciendo cada día, pues sería una pérdida de tiempo; aun así, no estaba segura de poder pagar los altos costos de renta en la ciudad.
El agente la llevó a un edificio de oficina en el centro de la ciudad después de conducir a través de varios lugares. Si uno miraba hacia el sur del edificio, se veía el océano. El lugar estaba frente al bullicioso centro de la ciudad y el Corporativo Herrera se encontraba cruzando la calle.
«¿Por qué volvimos aquí después de ir a tantos lugares?», se preguntó Cristina, quien miraba hacia el centro de la ciudad, confundida.
—No puedo pagar la renta de una oficina tan costosa. ¿Qué no el precio de mercado para un lugar como este vale entre cuarenta a cincuenta miles por mes?
En realidad, a ella le gustaba el lugar, ya que se encontraba en un buen sitio y era espacioso. El agente, con una sonrisa, le respondió:
—No es tan costoso. El propietario es un nuevo rico con un montón de propiedades, las cuales renta a un precio razonable, y el único requisito es que no ensucien el lugar.
Había conducido a propósito a Cristina sin rumbo por la mañana antes de llevarla al lugar previsto; pensó que Cristina estaría exhausta de visitar tantos lugares y, sin duda, ahora se sentiría tentada por este ambiente espacioso y cómodo.
—Eso no será un problema —contestó Cristina, asintiendo con la cabeza—. Soy una diseñadora y, como mucho, haré algo de costura. No trabajaré con pintura. —Además, ella era una persona limpia y le gustaba en un lugar ordenado.
—¡Grandioso! —El agente aplaudió con entusiasmo—. Firmemos el acuerdo cuanto antes. La renta será de ocho mil al mes. Esto no debería ser un problema para usted, ya que un vestido de los que diseña cuesta más que eso.
—¿Ocho mil? ¿Tan barato?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?