Cristina sintió que el mundo le daba vueltas y, cuando se dio cuenta, ya estaba en la cama. Natán fijó su aguda mirada en el rostro aterrorizado de Cristina, como si alguien poderoso intimidara a alguien vulnerable.
—¿Qué te pasa, Natán? ¿No te sientes bien?
«Ahora sus alergias le causan confusión mental? ¿Por qué me mira como si fuera su enemigo? Luce bastante tenebroso».
—Natán… —Cristina lo llamó con suavidad.
Cuando su voz llegó a los oídos de Natán, él sintió un efecto dominó, como si estuviera en llamas. Había pasado tanto tiempo que casi se había olvidado de su alergia; de lo contrario, habría evitado que aquella mujer se aprovechara de él. Natán sostuvo la cabeza de Cristina y la besó en la frente.
—Estoy bien. Solo necesito descansar —le aseguró. Luego, apretó con fuerza la cintura esbelta de Cristina y la levantó junto con la cobija que tenían debajo, envolviéndola en su abrazo.
Al amanecer, la luz del sol iluminaba poco a poco el cielo. Un dulce aroma permanecía en el interior de las cálidas sábanas. Natán le dio un suave beso a Cristina, quien seguía dormida, y la despertó.
—Es hora de levantarse y desayunar. No queremos que te quedes con hambre.
Cristina murmuró algo inaudible como respuesta y, luego, se echó encima de Natán como un gatito recién nacido, revisando los puntos rojos en su cuerpo.
—¡Tus síntomas de alergia desaparecieron! —exclamó—. ¿Qué pasó anoche? ¿De verdad fue por unos champiñones? —La voz de Cristina estaba llena de curiosidad y confusión.
—Sí —contestó Natán con un brillo sombrío en la mirada—. Por favor, recuerda no darme ningún champiñón. —No quería que Cristina se enterara de su problema o, peor aún, que lo malinterpretara.
—De acuerdo. —Cristina no tuvo ninguna duda al oír su afirmación—. Para ser sincera, a mí tampoco me gustan los champiñones.
Los dos se permitieron dormir un rato más antes de levantarse por fin. Sharon se sintió satisfecha al observar a la pareja durante el desayuno. Nada en el mundo podía darle más alegría y satisfacción que ver a su hija feliz. Luego de que Sharon le pidiera a Catalina que les sirviera un tazón de avena a cada uno, preguntó:
—Cristina, ¿cuándo van a tener un bebé Natán y tú?
Ella casi se atraganta con la comida: «¿Cuál bebé?». No estaba preparada para el tema… Por su parte, Natán respondió con calma:
—Eso depende de Cristina. Tendremos un bebé cuando ella decida que es el momento adecuado, sin presiones.
En realidad, Natán disfrutaba del tiempo que pasaba a solas con Cristina porque podía acurrucarse con ella toda la noche sin interrupciones. Ante esto, ella lo fulminó con la mirada: «¿A qué te refieres con que depende de mí?». Cristina sabía que Natán tampoco quería tener un hijo; sin embargo, le dejó toda la responsabilidad a ella.
—Mi carrera apenas empieza y, además, Natán también está ocupado con su trabajo. Por ahora, no planeamos tener un bebé —respondió Cristina.
—Puedes seguir con tu carrera en cualquier momento —comentó Sharon, quien se sintió preocupada al escucharla—. ¡No es como que Natán no pueda cuidar de ti! Incluso después de tener un hijo, puedes continuar con tu carrera.
Sharon creía que era importante que Cristina tuviera hijo mientras fuera joven: «¿No es maravilloso tener un esposo y un hijo?».
—Hoy voy a decorar mi estudio, mamá. No podré acompañarte entonces. —Después de comer la avena, Cristina tomó a Natán de la mano y salió de prisa de la casa.
Ese día, Geneva llevaba un atuendo negro informal, su cabello recogido en una coleta y una mascarilla para protegerse la cara. Lo primero que hizo ella al entrar al estudio fue observar el interior de este: «Vaya, vaya. No está tan mal después de todo».
—Quiero un vestido a medida para el día cinco del mes que viene —dijo Geneva mientras sacaba su tarjeta dorada.
Cristina no tenía razones para rechazar a la clienta que entró momento después de abrir su estudio; más bien, estaba sorprendida. ¿Por qué vendría Geneva hasta allí para apoyar su negocio si a esta nunca le agradó?
—¿Cuál es su presupuesto? El precio mínimo de un vestido es de tres millones.
Cuando Cristina trabajaba como Ada en el estudio de Heidi, cada uno de sus vestidos costaba al menos cinco millones. Los precios que ofrecía ahora estaban a la altura de su profesionalidad, al menos. Geneva se quedó pensativa y levantó el mentón.
—Enséñame primero el boceto del diseño y tomaré mi decisión después de verlo. Quiero el vestido más impresionante que puedas hacer, ya que es para la fiesta de compromiso de mi exnovio. —Geneva sonrió con satisfacción, pues estaba claro que iba a vengarse en la fiesta.
Como diseñadora, la responsabilidad de Cristina era crear vestidos para sus clientes y no podía importarle menos si el pedido era el resultado de un rencor personal. Además, era beneficioso para ella que su primer pedido se completara con éxito.
Cristina sacó su tableta; tenía la costumbre de anotar los datos de sus clientes: su estatura, peso y medidas corporales, con tal de asegurarse de que sus diseños les quedaran perfectos.
—Por favor, rellene esta información de contacto. Le mostraré el boceto cuando acabe de diseñar su vestido.
—La apruebo porque sus diseños anteriores son magníficos —dijo Geneva tras dejar su número de teléfono personal—. Confío en que no utilizará este vestido para vengarse de mí, ¿cierto?

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