Una ráfaga de aire frío golpeó su rostro luego de salir de la habitación privada, apagando la calidez que de repente despertó en ella. Caminando detrás de Natán, Magdalena repitió el incidente en el que él rechazó a León por ella.
«El señor Herrera se preocupa por mí. No puedo creer que haya rechazado a otro hombre en mi nombre al darse cuenta de sus intenciones».
Magdalena bajó la cabeza y sonrió para sí misma. Una vez que salieron por la entrada del hotel, Sebastián llevó a Natán a casa, mientras que Magdalena se quedó viendo a la distancia hasta que el auto desapareció, luego apartó la vista de mala gana.
…
Había oscurecido cuando el hombre regresó a la Mansión Jardín Escénico. Natán abrió la puerta y encontró a Cristina en el sofá explorando un programa de ilustración en su tableta; la chica llevaba el cabello recogido y estaba vestida con una larga bata para dormir, sus calcetines eran blancos, y la forma en que sus pies se balanceaban ociosamente resultaba tierno.
Cuando Cristina lo escuchó, se giró de inmediato y entrecerró los ojos.
—Señor Herrara, ¿estuvo fumando? —preguntó ella.
El hedor a alcohol y tabaco era especialmente penetrante contra la tenue fragancia de la habitación; fue hasta que Natán olió su chaqueta que se dio cuenta de que apestaba.
—Tenía unos asuntos de trabajo que tratar —informó él.
A lo que Cristina salió del sofá y llegó hasta él dando varias zancadas rápidas.
—¿Fuiste a un karaoke? ¿O a un salón privado? ¿Había chicas guapas para beber?
«No hay muchas mujeres guapas en ese tipo de lugares, solo algunas para encenderte un cigarro o servirte otra bebida, todas son iguales, pero sé que Natán es guapo, estoy segura de que, aunque él no lo quiera, las mujeres se le tiran encima».
El simple hecho de pensar en eso la inquietó. Ella sabía que Natán no solía tener mujeres a su lado, y por eso nunca lo había considerado como un problema, pero ahora sentía que debía mantener un ojo puesto en él. De pronto, la mirada de Natán se ensombreció ligeramente y acarició el cabello de Cristina como si estuviera consolando a un pequeño gatito.
—Hay ocasiones en las que, por obligación, tengo que asistir a ese tipo de lugares, pero jamás he interactuado con esas personas, ni lo haré —respondió él.
Cristina colocó sus manos alrededor de sus propias mejillas y su mirada brillaba como una niña llena de curiosidad.
—Pero ¿cómo puedo estar tan segura de que no hablarás con ellas? O, ¿qué tal si conocieras a una chica guapa? ¿Crees que no querrías hablar con ella? —lo cuestionó.
«¿No está en la naturaleza del hombre mirar a otras mujeres hermosas? Incluso yo suelo admirar a las estrellas de cine, modelos o chicas en el trabajo».
La expresión de Natán se tornó más seria.
—Te prometo que no. Ahora, iré a darme un baño —dijo él. Mientras hablaba, se aflojó la corbata y dejó al descubierto su manzana de Adán, la cual se balanceaba a la perfección de manera atractiva; claramente había bebido un poco y sus mejillas estaban rosadas, lo que lo volvía un platillo apetecible para Cristina.
Entonces, la chica apartó su mirada del musculoso pecho del hombre y emitió un carraspeo para disimular su inseguridad.
—Está bien, date prisa.
Natán tarareó en señal de asentimiento y entró al baño. Cuando salió de la ducha, Cristina ya estaba acostada en la cama, por lo que él se acostó a su lado; el dulce aroma del cuerpo de la chica lo tranquilizó, un efecto que nadie más tenía en él. Pronto, se abrazó a la cintura de la mujer y acercó su pequeño cuerpo al suyo; así fue como la joven pareja disfrutó de los laditos del otro hasta el amanecer.
…
A la mañana siguiente, León llegó al Corporativo Herrera con su asistente. Entrando con café recién hecho, Magdalena preparó los documentos y las computadoras en las que podrían hacer cambios inmediatos a cualquier término que repasaran durante la reunión; una vez que hubiesen afinado los últimos detalles, podrían imprimir el contrato y firmarlo. Ahora, sentados alrededor de la mesa en la sala de juntas, los cinco pasaron toda la mañana revisando el contrato y tomaron varias tazas de café.

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