Magdalena comenzaba a arrepentirse de no haber rechazado la oferta, solo se quedó mirando la tarjeta y se dio cuenta de que estaba ocasionándose más problemas de los que ya tenía; sin embargo, no podía rechazar a León en su cara, así que después de pensarlo por unos instantes, le agradeció y la tomó. En eso, Sebastián entró a la oficina con los contratos impresos y colocó uno sobre el escritorio de Natán, y otro se lo entregó directamente a León.
—Dejaré que mi abogado lo revise antes de firmarlo —dijo León.
—Está bien, hasta pronto —respondió Natán.
Tras intercambiar unas palabras de cortesía, León se fue y Sebastián lo acompañó hasta la salida. De esta manera, Natán se quedó en la oficina y abrió el contrato para revisar los detalles que recién habían acordado, pues era un hombre meticuloso por naturaleza, y no permitiría que ningún error se le escapara. Mientras se arreglaba la corbata en el bar, Magdalena lo miraba de vez en cuando; los rayos del sol se estaban filtrando por las ventanas cayendo sobre Natán, proyectando la silueta de su fornida figura sobre el suelo brillante.
Inquieta, la mujer llegó al escritorio del hombre.
—Señor Herrera, no tengo intenciones de abandonar la empresa, así que espero que no lo malinterprete, solo acepté la tarjeta del señor Mendiola porque no quería avergonzarlo. —En ese momento, la chica deseaba poder deshacerse de la tarjeta de León.
«¡Demonios! Fui demasiado descuidada, no debí hacer algo así, seguramente Natán se enojará conmigo», pensó ella.
Tras oírla, el hombre levantó la mirada y sus rasgos relajados e inexpresivos la congelaron.
—Tu contrato con el Corporativo Herrera terminará pronto, y si quieres irte a trabajar a otro lugar no te lo impediré, de hecho, ni siquiera te pediría que pagaras la penalización por incumplimiento de contrato si decides irte antes —le informó él.
—Señor Herrera, en verdad no tengo intenciones de irme, quiero permanecer a su lado —dijo Magdalena revelando el deseo más fuerte que guardaba en su corazón, entonces entró en pánico e hizo una pequeña pausa—, quiero decir, sé que hay muchas cosas que todavía puedo aprender de usted en el corporativo. —Lo único que deseaba era poder arrancarse el corazón para demostrarle a Natán lo mucho que lo quería. No obstante, se vio obligada a reprimir ese sentimiento.
Mientras tanto, la mirada de Natán permaneció tan fría como la nieve.
—Ya veo, en ese caso, regresa al trabajo.
—Sí, señor Herrera —respondió la chica. Magdalena tomó los documentos y después de darse la vuelta, sintió una fuerte punzada en su pecho.
Tras cerrarse la puerta de la oficina, el espacio regresó a su ambiente de seriedad. En eso, Sebastián tocó la puerta y entró.
—Tenemos noticias de Helisbag, nuestro investigador privado encontró más información sobre el tipo, ha robado y realizado atracos a mano armada, todo esto ya se lo enviamos a la policía de manera anónima.
—Que se encarguen de él —respondió Natán con un destello asesino en su mirada; sus nudillos crujieron al pensar en el hombre que intentó quitarle la vida a Cristina.
«Quiero darle una lección a ese maldito con mis propias manos».
—¿Ya saben quién fue el actor intelectual? —preguntó.
Aunque Sebastián sabía que la rabia de Natán no era por él, se le erizaron los pelos de la espalda al ver la expresión de su jefe.
—Lo más probable es que haya sido Celeste, aunque no lo admitiría porque se trata de un delito grave...
Mientras la chica siguiera negándose, la familia Farra tendría más oportunidades para sacarla de prisión, por eso es que Celeste no quería aceptar lo que hizo.
Natán se puso de pie de repente y con un aire peligroso que emanaba de su corpulenta figura, dijo:
—Investiga todas las empresas que dependan de la familia Farra y envía a la policía todo lo que encuentres sobre ellos.
Sebastián se puso nervioso luego de oírlo, además, sabía que hacer ese encargo lo mantendría despierto toda la noche. En eso, la mirada de Natán se oscureció.
—También quiero que vigiles el precio de las acciones del Grupo Farra y cuando comiencen a bajar, cómprala.
—Está bien, hasta mañana —respondió Brenda.
Cristina le envió la dirección del estudio luego de colgar y aprovechando que no tenía nada que hacer, buscó en su teléfono lo que había estado haciendo Geneva últimamente. Prácticamente, todos los días había actividad en su cuenta de Twitter, algunas eran publicaciones de trabajo y otras citas emotivas con paisajes melancólicos; la mayoría de ellos eran demasiado tristes.
En la sección de comentarios, sus fanáticos se preguntaban si habría roto con su novio, fue entonces que Cristina recordó que la última vez que miró a Geneva, esta le dijo que el vestido sería para una boda; incapaz de comprender lo que estaba pasando, dejó de enfocarse en la vida amorosa de la actriz y en su lugar, investigó el estilo de su clienta viendo los atuendos que llevaba a diario y los eventos de alfombra ropa a los que se presentaba. Poco después, llegó la inspiración a ella.
Con su tableta en mano, comenzó a hacer el boceto que quería en el programa que recientemente había descargado y no se detuvo hasta que el cielo se oscureció. De pronto, la habitación en la que estaba se iluminó y entró Natán.
—Es malo para la vista trabajar a oscuras —le dijo, sabiendo que cuando Cristina estaba trabajando perdía la noción del tiempo e incluso se olvidaba de comer.
Cristina levantó la vista y tenía los ojos rojos.
—¿Qué hora es? Tengo hambre.
—Son casi las siete de la tarde. Ven, vamos a cenar, ya casi está la comida —informó Natán quitándole la tableta y la dejó sobre el escritorio.
Cristina se levantó del sofá y extendió los brazos en su dirección.
—Quiero que me lleves, por favor, me siento demasiado cansada... —Parecía una niña tímida.
Riéndose, Natán se puso delante de ella y dijo:
—¿No deberías hacer que la sangre fluya de tu trasero luego de estar todo el día sentada? —preguntó el hombre soltando una carcajada.

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