Linda se aferró a las piernas de Cristian y las lágrimas se le derramaban por las mejillas.
—Cristian, ¿de verdad puedes ser feliz con una persona temperamental como ella? Yo puedo hacerte más feliz, ¿no crees? Te amo más que a nadie y jamás me he comportado como loca contigo…
Julia estaba furiosa, haciendo que le salieran las lágrimas, pero su orgullo la ayudó a no derramarlas frente a su rival en el amor, rehusándose a caer tan bajo y buscar la simpatía de su esposo mediante una táctica despreciable. La tensión en la sala era intensa, como si todo estuviera a punto de convertirse en un infierno.
Por otro lado, en la habitación, Cristina se desesperó mientras golpeaba la puerta con fuerza, esperando llamar la atención de alguien; por desgracia, la pelea que se intensificaba ahogaba los sonidos de golpe, haciendo su esfuerzo en vano. Sintió que se le salía el corazón cuando por fin entendió lo que quiso decir Linda: «Ella me usó para engañar a mi suegro a venir».
Cristina persistió al intentar romper la puerta con todas sus fuerzas, golpeándola sin descansar hasta que se le hincharon y le dolieron las muñecas. A pesar de dar su mejor esfuerzo, la puerta permaneció en su lugar, sin mostrar indicio de daño ni de caerse.
Entonces, sintió una prisa de huir de la habitación y advertir a Julia de creerse las palabras de Linda: «Mi suegro vino aquí por mi seguridad; no a celebrar el cumpleaños de Linda. ¿Cómo le puedo comunicar esto a mi suegra?». Miró alrededor hasta que encontró una pequeña silla de madera. Dudó por un momento, pero se acercó a tomarla.
Por su parte, Cristian estiró el brazo para tomar a Julia, pero ella apartó su mano con frialdad.
—¡Cristian, debió de ser difícil para ti fingir frente a mí!
Linda alzó la mano para limpiarse las lágrimas, mientras sonreía con orgullo: «¡Sí, eso! ¡Peleen! Si Julia no quiere a Cristian, aprovecharé la oportunidad». Estaba satisfecha por la manera en que las cosas sucedieron como ella quería.
Cristian estaba confundido, ya que estaba atrapado entre dos mujeres. Primero, miró a Linda; luego, a Julia, quien le lanzaba una mirada decepcionada. Sentía como si su corazón fuera apuñalado dos veces y se dio cuenta de que, si no aclaraba las cosas con Julia en ese momento, su confianza en él sería irreparable.
—Julia, escúchame. Estoy aquí porque Linda tenía encerrada a Cristina. Vine a investigar y resolver la situación —explicó, sintiéndose obligado a admitir la verdad para aclarar el malentendido. Julia se detuvo en seco y lo miró con desconcierto, pues seguía dudosa, aun después de oír su aclaración.
Linda, al darse cuenta de que la situación se salía de su control, tomó con fuerza el brazo de Cristian y suplicó:
—Cristian, ¿por qué no le dices la verdad? Usar a Cristina como excusa parece poco convincente, ¿no te parece?
Julia se confundió más al escuchar a Linda, quien intentaba echar cizaña entre ellos, y desconfió más de Cristian.
—Es verdad. Tengo una foto de Cristina inconsciente —dijo él, sacando su teléfono.
¡Para su sorpresa, el mensaje que recibió antes había desaparecido! «Qué extraño, pero si estaba allí hace un momento. ¿Por qué desapareció?», pensó. Tras perder la evidencia más concreta, Cristian fue incapaz de continuar su explicación.
Linda estaba gozosa por dentro. Resultó que, cuando estaban preparando la pasta, le robó el teléfono sin que se diera cuenta y borró el mensaje. Sus habilidades para conspirar eran insuperables, dejando a los demás como novatos. Puesto que Cristian no tenía cómo apoyar su argumento, Julia resopló y exclamó con frialdad:

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