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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 281

Linda se aferró a las piernas de Cristian y las lágrimas se le derramaban por las mejillas.

—Cristian, ¿de verdad puedes ser feliz con una persona temperamental como ella? Yo puedo hacerte más feliz, ¿no crees? Te amo más que a nadie y jamás me he comportado como loca contigo…

Julia estaba furiosa, haciendo que le salieran las lágrimas, pero su orgullo la ayudó a no derramarlas frente a su rival en el amor, rehusándose a caer tan bajo y buscar la simpatía de su esposo mediante una táctica despreciable. La tensión en la sala era intensa, como si todo estuviera a punto de convertirse en un infierno.

Por otro lado, en la habitación, Cristina se desesperó mientras golpeaba la puerta con fuerza, esperando llamar la atención de alguien; por desgracia, la pelea que se intensificaba ahogaba los sonidos de golpe, haciendo su esfuerzo en vano. Sintió que se le salía el corazón cuando por fin entendió lo que quiso decir Linda: «Ella me usó para engañar a mi suegro a venir».

Cristina persistió al intentar romper la puerta con todas sus fuerzas, golpeándola sin descansar hasta que se le hincharon y le dolieron las muñecas. A pesar de dar su mejor esfuerzo, la puerta permaneció en su lugar, sin mostrar indicio de daño ni de caerse.

Entonces, sintió una prisa de huir de la habitación y advertir a Julia de creerse las palabras de Linda: «Mi suegro vino aquí por mi seguridad; no a celebrar el cumpleaños de Linda. ¿Cómo le puedo comunicar esto a mi suegra?». Miró alrededor hasta que encontró una pequeña silla de madera. Dudó por un momento, pero se acercó a tomarla.

Por su parte, Cristian estiró el brazo para tomar a Julia, pero ella apartó su mano con frialdad.

—¡Cristian, debió de ser difícil para ti fingir frente a mí!

Linda alzó la mano para limpiarse las lágrimas, mientras sonreía con orgullo: «¡Sí, eso! ¡Peleen! Si Julia no quiere a Cristian, aprovecharé la oportunidad». Estaba satisfecha por la manera en que las cosas sucedieron como ella quería.

Cristian estaba confundido, ya que estaba atrapado entre dos mujeres. Primero, miró a Linda; luego, a Julia, quien le lanzaba una mirada decepcionada. Sentía como si su corazón fuera apuñalado dos veces y se dio cuenta de que, si no aclaraba las cosas con Julia en ese momento, su confianza en él sería irreparable.

—Julia, escúchame. Estoy aquí porque Linda tenía encerrada a Cristina. Vine a investigar y resolver la situación —explicó, sintiéndose obligado a admitir la verdad para aclarar el malentendido. Julia se detuvo en seco y lo miró con desconcierto, pues seguía dudosa, aun después de oír su aclaración.

Linda, al darse cuenta de que la situación se salía de su control, tomó con fuerza el brazo de Cristian y suplicó:

—Cristian, ¿por qué no le dices la verdad? Usar a Cristina como excusa parece poco convincente, ¿no te parece?

Julia se confundió más al escuchar a Linda, quien intentaba echar cizaña entre ellos, y desconfió más de Cristian.

—Es verdad. Tengo una foto de Cristina inconsciente —dijo él, sacando su teléfono.

¡Para su sorpresa, el mensaje que recibió antes había desaparecido! «Qué extraño, pero si estaba allí hace un momento. ¿Por qué desapareció?», pensó. Tras perder la evidencia más concreta, Cristian fue incapaz de continuar su explicación.

Linda estaba gozosa por dentro. Resultó que, cuando estaban preparando la pasta, le robó el teléfono sin que se diera cuenta y borró el mensaje. Sus habilidades para conspirar eran insuperables, dejando a los demás como novatos. Puesto que Cristian no tenía cómo apoyar su argumento, Julia resopló y exclamó con frialdad:

—Sí. —El mayordomo, bajo presión del aura intimidante de Cristian, obedeció y, enseguida, sacó la llave para abrir la puerta.

En cuanto se abrió la puerta, salió Cristina de la habitación y lo primero que hizo fuera darle una explicación a Julia con prisa:

—Suegra, fue la señorita Mendoza la que me encerró aquí y obligó a mi suegro a venir. Por favor, no te enfades con él. —Tenía un rostro pálido, que podía deberse a los efectos de la droga. Lucía muy miserable, su cuerpo sudando frío, tal vez por sus intentos desesperados por mantenerse despierta.

—¿Cómo puedes caer tan bajo y usar a una jovencita para conseguir lo que quieres? —Julia sintió agonía mientras fulminaba con la mirada a Linda.

—Yo… ¡No me puedes culpar por hacer esto! ¡Para empezar, tú eres muy cruel! —protestó la otra, temblando. En cambio, no creía haber hecho nada malo—. ¡Si no fuera por Cristina, no habríamos terminado!

Linda seguía creyendo que Cristina era el motivo por que él terminó con ella. Cristian tenía los ojos furiosos, su mirada tornándose fría al hablar con voz firme:

—Deja de culpar a Cristina. Ella no tiene nada que ver en esto; en realidad, yo planeaba terminar contigo antes de que todo esto sucediera, pero nunca encontré la oportunidad perfecta para decírtelo. —Las pestañas de Linda temblaban, como si hubiera escuchado algo escalofriante. Con un semblante sombrío, él añadió—: ¡A partir de ahora, no quiero volverte a ver!

Ante esto, se marchó con su esposa y Cristina. Linda se quedó callada, sintiendo un frío en su corazón al ver a la familia de tres yéndose. El vacío y la soledad se apoderaron de ella, envolviéndola como un iglú. Se sentía paralizada, incapaz de sentir nada en absoluto.

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