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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 282

Mientras se dirigían en el coche de vuelta a Mansión Jardín Escénico, los tres se miraban entre ellos en silencio. Cristian suspiró un poco y dijo:

—Cristina, lamento no haber manejado la situación como se debía.

«Si hubiera sido claro desde un principio y si le hubiera dicho a Linda que se rindiera, nada de esto le hubiera pasado a ella».

—Estoy bien —contestó, negando con la cabeza de manera gentil. Con tono tranquilo, añadió—: No le cuentes a Natán sobre esto.

Julia puso una expresión seria, contemplando las consecuencias de que Natán se enterara, pues sabía que su hijo no se quedaría de brazos cruzados: «Cristina es tan considerada que me siento pena por ella».

—Nosotros nos encargaremos. Deberías descansar cuando lleguemos a casa —le dijo Julia.

—Buenas noches, suegros —contestó Cristina, abriendo la puerta del coche y bajándose para ir a casa.

La droga dejó de hacerle efecto, pero Cristina tenía ganas de acostarse. Había confusión en su mente y sus pasos eran pesados mientras se dirigía a la cama. Entonces, se echó en el colchón, cansada y drenada, quedándose dormida sin darse cuenta. En medio de la noche, se revolcaba por la cama mientras alguien la llamaba en varias ocasiones:

—¿Cristina? Cristina… —El aliento le hizo cosquillas en la oreja, como si drenara la humedad de su cuerpo, dejándola reseca. Ella se forzó a abrir los ojos y vio el apuesto rostro de Natán frente a ella. Él tenía el cabello empapado, como si acabara de ducharse; unos mechones de su despeinado cabello colgaban sobre su frente mientras fijaba su intensa mirada en ella. Con desinterés, le preguntó—: ¿Por qué no contestaste tu teléfono?

Por instinto, ella extendió la mano y tomó su teléfono, dándose cuenta del montón de llamadas perdidas: «Me quitaron el teléfono cuando me encerraron, así que no pude contestarle».

Antes de que pudiera responderle, Natán puso el dorso de la mano en la frente de Cristina y frunció el ceño.

—Tienes la temperatura alta. ¿Por qué no me dijiste nada al respecto?

—Con razón tenía tanto sueño hace rato —contestó con un pequeño gruñido—. No es nada; solo necesito dormir más. —No tenía ganas de darle explicaciones y no le reveló cómo fue que Linda la tuvo cautiva.

—No tenía idea de que estuviste enferma todo el día. —Natán hizo una mueca, comenzando a culparse a sí mismo—. Le pediré al doctor que te revise. —Sacó su teléfono para pedirle que viniera.

Cristina examinó el guapo rostro de Natán, el cual estaba a solo unos cuantos centímetros de distancia; era raro verlo con una expresión tan seria. Arrugó el entrecejo mientras irradiaba un aura sombría e inabordable. «Está molesto y preocupado por mí», pensó Cristina y sintió felicidad en su corazón.

Pronto, llegó el doctor y la revisó de manera meticulosa; luego, le recetó medicina tradicional y se retiró. Unos momentos más tarde, Cristina se quedó dormida de manera pacífica; sin embargo, a la mañana siguiente, la despertó con brusquedad el olor de un brebaje médico. A regañadientes, ella abrió los ojos, haciendo una mueca disgustada mientras se le retorcía la cara de angustia.

—¡¿Qué rayos es eso?! ¡Aj, apesta!

—Es medicina tradicional. Pórtate bien y tómatela para que te puedas recuperar —la convenció Natán con gentileza. Su voz profunda y encantadora era música para los oídos de Cristina.

—¿Y si mejor no me la tomo y, en cambio, me das unas pastillas? —contestó Cristina, sin atreverse a abrir mucho la boca.

—La medicina tradicional es buena para tu salud y no te hará daño al estómago —explicó. Él la apoyó, permitiéndole recostarse en su pecho, dándole con cuidado en la boca la medicina como si fuera un niño necesitado de cuidado—. Sé una chica buena —le susurró con dulzura—. Cuando te la termines, descansas en casa. Volveré pronto cuando termine de trabajar y, así, te haré compañía.

Cristina tuvo que taparse la nariz para tomarse la medicina, líquido del cual le ensució sus labios, y dijo:

—Ay, sabe muy amarga… —Antes de que pudiera terminar de hablar, Natán la tomó de la nuca y le alzó el mentón para darle un beso. Su aliento fresco se esparció por la boca de Cristina, ahuyentando el terrible sabor que le dejó la medicina. No pudo evitar sentirse maravillada ante la suavidad de sus labios. Cristina lo apartó y le preguntó—: Si tiene sabor amargo, ¿cómo lo aguantaste?

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