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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 284

En cuanto se reunieron, Magdalena preguntó sin rodeos:

—¿Cómo supiste que el Corporativo Herrera estaba invirtiendo en el Corporativo Cristalino?

Con la mano en el bolsillo, Francisco bajó la mirada, sus pestañas ocultando sus emociones.

—Tengo mis métodos, por supuesto, pero eso a ti no te incumbe —contestó de manera despreocupada, como si no le interesara conversar con ella.

—¿Y qué hay de nuestro trato? —preguntó Magdalena, frunciendo el ceño—. ¿Todavía está en pie? —Necesitaba de la ayuda de Francisco para encargarse de Cristina.

—Entonces, ¿por qué no me contaste sobre la inversión? Solo te importa Natán, ¿verdad? ¿Qué te hace pensar que puedes aprovecharte de mí? —se mofó.

Madison se quedó callada por un momento, pues se percató de un cambio en la actitud de Francisco y le preguntó con incredulidad:

—¿Te enamoraste de Cristina, Francisco?

«De no ser así, ¿por qué el cambio tan drástico en su comportamiento? ¡Actúa como si no pudiera ver a Cristina lastimada!».

—Eso no es asunto tuyo —respondió con frialdad, poniendo una mirada sombría.

—¿Acaso te volviste loco? —Su respuesta ambigua confirmó sus sospechas—. ¡Es tu cuñada! ¿En serio estás enamorado de ella?

«¡Se supone que tiene que ayudarme a lidiar con Cristina! ¿Cómo es que de pronto se pone de su lado? ¿Por qué todos la apoyan? ¿Qué tiene de bueno aquella?».

—En el futuro, no tienes permitido lastimar a Cristina —expresó Francisco con un tono de indiferencia, irradiando un aura fría—. Además, si quieres trabajar para mí, muéstrame la influencia que tienes sobre Natán. Aún estoy dispuesto a ayudarte si demuestras que tienes lo necesario para derrotarlo. —Ante esto, se dio la vuelta y se retiró sin mirar hacia atrás.

A la mañana siguiente, el potente olor de medicina tradicional despertó a Cristina, quien arrugaba el entrecejo cuando olía ese desagradable aroma.

—Ya me recuperé, ¿no? ¿Por qué debo seguir tomando medicina? —se quejó Cristina, inflando las mejillas.

«Llevo una semana tomándome esta medicina».

—Sigues débil, así que necesitas beberla para que tu salud se recupere. Pórtate bien, ¿sí? Tómala. —Natán tomó el tazón de medicina e intentó dárselo a Cristina en la boca. Ella se apartó, como si hubiera visto un fantasma, y frunció el ceño.

—No me la quiero tomar —dijo de mala gana, poniendo una expresión lastimosa—. Sabe tan amarga…

Sin importar lo necia que se pusiera, Natán se mantenía paciente y la convencía diciendo:

Cristina no vio a nadie sospechoso entre la multitud: «No conozco a ninguno y parecen tan despreocupados… Sin embargo, sé que alguien me empujó a propósito. ¡Esa persona me quería muerta! Ni siquiera sé si el culpable me eligió a mí o si fue al azar. Aun así, puedo sentir a alguien fijando la mirada en mí, lo cual significa que el peligro está a la vuelta de la esquina».

—¡Chica tonta! ¡Dile a la policía que fuiste tú quien provocó este accidente al caerte de repente en la carretera, obligándome a desviar el coche al lado! —El conductor observó a Cristina con furia.

Al parecer, el repentino sucedo de hace un momento provocó que el coche de atrás sufriera un impacto cuando el otro frenó de repente. Cristina se levantó para tomar su teléfono, el cual se le había caído; luego, se disculpó y le dio una explicación a la policía. Para fortuna de todos, nadie salió herido.

La policía dijo que revisaría las cámaras de vigilancia para ver si encontraban a la persona que la empujó hacia la carretera; si encontraban al culpable, tomarían acciones legales contra esta. Cristina parecía distraída cuando declaraba ante la policía; sin duda, seguía traumatizada. En lugar de contarle a Natán lo sucedido, se tranquilizó y se dirigió a la empresa de publicidad. Una vez aclarado el asunto, volvió al estudio.

Allí, Rita se sorprendió al ver el lamentable estado de Cristina, como una de las mangas de su suéter que estaba rasgada.

—¿Está lastimada, jefa? —Ella se preocupó más y exclamó—: ¡Tiene las mangas rasgadas! ¿La asaltaron?

Cristina recuperó los sentidos cuando la escuchó gritar y solo respondió:

—Me caí. Voy a cambiarme.

Entonces, entró al salón y pensó: «¿Quién me habrá empujado? ¿Podría ser Magdalena? Ha sido muy hostil conmigo. ¿Me quiere muerta?», poniendo una mirada sombría. Al final, decidió visitar el Corporativo Herrera para llegar al fondo del asunto, así que se cambió enseguida y se marchó. Una vez llegó, Natán estaba en medio de una junta.

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