Ante la voz chillona de Jolette, todos los que estaban en bastidores se sumieron en silencio. Cristina se acercó y analizó a la mujer que tenía delante.
—Agradezco que le gusten mis diseños, señorita, pero una clienta ya reservó los vestidos. Como tal, no puedo vendérselos a usted —explicó. Era bueno que a las personas les encantasen sus vestidos y, por esa razón, no se ofendió por el hecho de que la mujer entrara entre bastidores sin permiso.
Aun así, Jolette se limitó a resoplar con frialdad y se quitó el sombrero de manera lenta, dejando a la vista de todos los presentes su bello semblante: «¿Acaso no es la celebridad tan popular que incluso nominaron como una de las diez bellezas en una revista?». Por su figura y su aspecto hasta su aura, sin duda, lucía excepcional. Al percatarse de las miradas sorprendidas que la rodeaban, se sentía satisfecha por dentro.
—Para ser sincera, tienes suerte de que me hayan gustado tus diseños. Quiero comprar tus vestidos para usarlos en las grabaciones de mi nueva película. Ni te imaginas cuántas marcas importantes están compitiendo por patrocinarme gratis, pero las rechacé todas. ¡Ahora que te doy una oportunidad, deberías aprovecharla! —dijo con tanto orgullo como un pavorreal, como si se tratara de una persona poderosa y caritativa.
Todos sabían que, si una estrella de cine llevaba las creaciones de un diseñador durante filmaciones, aumentaría la popularidad de la marca y atraería inmensa atención. Dicha oportunidad de oro podía considerarse una ganancia inesperada, la cual toda persona aprovecharía de inmediato. De manera inesperada, Cristina, con calma, cruzó la mirada con Jolette y la rechazó con apacibilidad:
—Lo lamento mucho, pero alguien ya reservó los vestidos de esta serie. Aparte de eso, estos son ediciones limitadas, así que no puedo vender ninguno extra.
—¡Qué descaro de tu parte!
Enseguida, tras enfadarse, los ojos se le pusieron rojos a Jolette: «¿Cómo se atreve esta mujer a rechazarme? —Sintió como si la hubieran golpeado en la cara por su propia culpa y le hirvió la sangre—. Bien, ya que no accedió ni siquiera cuando yo estaba siendo amable, ¡no hay necesidad de que sea cortés con ella!».
—¿Quién te crees que eres para rechazarme? —preguntó con frialdad—. ¡Con una sola palabra mía, te garantizo que a partir de ahora nadie se atreverá a hacer un pedido a tu estudio!
Cristina no entendía por qué la superestrella que tenía en frente estaba declarándole la guerra: «¿Es solo porque mis vestidos ya los había reservado alguien más? De ser así, ¿no está siendo un poco extrema?».
—Por favor, saca a esta mujer de aquí —le ordenó a Rita, sin querer arruinar su buen ánimo.
En ese momento, todos los presentes percibieron la tensión en el ambiente. Rita murmuró con timidez como respuesta, acercándose a las dos mujeres y haciendo un gesto al extender el brazo al decir:
—Por aquí, señorita De la Cruz.
¡Zas!, sonó una bofetada, la cual le dejó la cara adolorida a Rita, quien miró a Jolette con incredulidad. Nunca se imaginó que ella recurriría a la violencia física: «En televisión parecía relajada y amistosa. Entonces, ¿es una mentira?».
Al ver cómo agredían a su asistente, Cristina enseguida dejó estallar el temperamento que estuvo reprimiendo.
—¿Por qué la golpeó? —Se acercó y puso a Rita detrás de ella, protegiéndola. Rita se mortificó tras haber recibido una bofetada; al fin y al cabo, cualquiera se avergonzaría si le pasara en público.
—Olvídelo, jefa. Estoy bien —susurró Rita, ya que no quería que Cristina se metiera en problemas por su culpa. Aunque nunca había estado en contacto con el mundo del espectáculo, sabía muy bien que los famosos tenían temperamentos difíciles.
Mientras tanto, Jolette parecía no arrepentirse de su acto; de hecho, fijó la mirada en Cristina con ojos provocadores, como si la desafiara a hacer algo al respecto. «¡Ja! ¡Se lo merece por ser tan desagradecida y rechazarme!», pensaba.
El lugar se quedó en silencio y los miembros del personal se quedaron atónitos. Podía ser que por primera vez veían a una famosa golpear a alguien porque no podía comprar los vestidos que deseaba: «¡Ay! No debería culpar a la diseñadora. ¡Si tiene las agallas, debería ir a buscar a la persona que compró los vestidos!».

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