—No es más que una diseñadora mediocre —resopló Jolette, volteando los ojos—. ¿Qué tiene eso de especial? Solo se está haciendo una reputación gracias a Natán. —Luego, se dirigió a Cristina y le dijo—: La mujer que compró tus vestidos anoche estaba intentando ganarse el favor del Corporativo Herrera. Si no, ¿a quién le interesarían tus diseños?
Cristina no era alguien que se dejara pisotear y no toleraría a aquella mujer impertinente. Con una fría sonrisa en los labios, contestó:
—No olvidemos quién hizo un berrinche anoche entre bastidores después de no conseguir unos cuántos vestidos. ¿Me pregunto quién fue la que golpeó y le gritó a la gente?
—Maldita…
El rostro de Jolette se puso rojo de la furia y fijó la mirada en Cristina, como si quisiera devorarla entera, pensando: «¿Quién se cree esta mujer? ¿De verdad cree que su posición como la señora Herrera ya está asegurado? ¡¿Cómo se atreve a hablarme así?!».
Al darse cuenta de la inminente discusión entre ambas, Julia le lanzó una mirada apaciguadora a Jolette, quien estaba furiosa; esta era la niña mimada de sus padres desde la infancia. Incluso después de su debut en la industria del entretenimiento, la atendieron muchas figuras influyentes, todo gracias a sus vínculos con el Corporativo Herrera. Por primera vez se sintió muy humillada. De pronto, apareció un brillo travieso en sus ojos y dijo:
—Hoy tengo una fiesta a la que asistirán las estrellas más importantes. ¿Por qué no vienes tú también, Cristina? —Esta desconfiaba de la aparente invitación amable de Jolette y estaba segura de que tenía malas intenciones; por eso, empezó a pensar en cómo rechazar su oferta. Jolette, al ver que no decía nada, añadió—: No digas que no pensé en ti; no es una fiesta cualquiera. Podrías repartir unas cuantas tarjetas y atraer a muchos clientes. —Su tono era presuntuoso, como si le estuviera haciendo un gran favor.
Cristina no tenía interés alguno en asistir a su fiesta y estaba a punto de negarse cuando Julia intervino:
—Son de la misma edad y somos una familia. Es bueno que se conozcan más.
—La tía Julia ya lo dijo. ¿Todavía te vas a negar?
La mirada de Jolette tenía una pizca de desprecio: «¡Qué falsa por parecer tan poco dispuesta! Seguro que está desea ir a una fiesta llena de oportunidades».
—Está bien —aceptó Cristina una vez que habló Julia, pues sentía que era de mala educación negarse—, pero primero déjenme llamar a Natán.
Julia le arrebató el teléfono cuando estaba a punto de sacarlo.
—Solo vamos a salir un rato. ¿Qué hay por contar? Además, Natán no es una persona tan mezquina.
Cristina frunció el ceño: «¿Dice que no es mezquino? ¿Acaso no lo conoce?».
—Tía Julia, ya nos vamos. —Con eso, Jolette se llevó a Cristina a la puerta principal.
—¿Está segura de esto, señora Herrera? —preguntó un mayordomo al acercarse a Julia.
—Calma. —Ella bebió de su té—. Jolette conoce sus límites y es bueno que pasen más tiempo juntas.
Ante sus palabras, el mayordomo se sintió aliviado y, al mismo tiempo, se alegró por Cristina: «Como para que lo dijera la señora Herrera, quiere decir que la señorita Cristina tiene su aprobación».
Pronto, un coche deportivo de color rosa brillante se detuvo ante la puerta de una mansión situada a media colina. Jolette tomó con firmeza la muñeca de Cristina y la llevó hacia la gran entrada.
—Esta es una reunión de celebridades de primera clase, una a la cual apuesto jamás tendrías la oportunidad de asistir en tu vida. Qué pena que una plebeya como tú solo pueda disfrutar de actividades cutres como pasatiempo —comentó Julia, siendo altiva. Cristina arrugó un poco el entrecejo, pero prefirió no responder a los comentarios despectivos de Jolette.
A medida que se adentraban más, los pulsantes ritmos de la música resonaban a su alrededor y cada invitado le lucía familiar a Cristina, pues reconocía que eran famosos.

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