Cuando Jimena se cayó a la piscina, su fina blusa de tirantes se rasgó y la tela flotó en el agua. Ante las carcajadas de los demás invitados, esta se sonrojó y le lanzó una mirada asesina a Cristina, como si fuera a despedazarla.
Por su parte, Cristina, tras entrar en pánico, lo único que pensó fue en no ser la única persona que cayera en la piscina, pero no esperaba arrancarle la ropa a Jimena, a quien también le dirigió una mirada fría. Si las dos chicas no se hubieran intentado hacerle semejante broma a Cristina, esta no habría terminado en el agua.
Mientras todos rodeaban a las chicas, si ella salía del agua, su ropa mojada se le pegaría al cuerpo con fuerza y sería un espectáculo tan seductor de contemplar; no obstante, no podía quedarse en el agua, ya que su cuerpo no soportaba el frío. En ese instante, Cristina ya podía sentir cómo se entumecía: «Si no hay otra alternativa, saldré del agua primero. Si no, terminaré resfriada».
Entonces, Jolette salió de entre la multitud, llevando una toalla en las manos y posando la mirada en Cristina, diciendo:
—Súbete, Cristina.
Al ver la expresión preocupada de Jolette, Cristina tuvo la sensación de que esta tuviera otras intenciones.
—¡Jolette, dame una toalla a mí también! —gritó Jimena, de manera lastimosa, a su lado.
«No lo entiendo. ¡Jolette nos pidió que nos metiéramos con ella, pero ahora intenta ayudarla!».
Cristina pudo deducir por las palabras de Jimena que Jolette debió de enviar a estas chicas y que la empujaron a propósito: «¿Qué trama Jolette?». Al subir la escalera, titiritaba del frío; Jolette la cubrió enseguida con la toalla y fingió estar preocupada por ella:
—¿Estás bien, Cristina?
—¿Por qué no lo averiguas tú misma? —contestó con frialdad.
«¿Cómo cree que voy a estar bien después de caer en el agua helada? Solo espero no resfriarme».
El rostro de Jolette se ensombreció un poco y, luego, llevó a Cristina de vuelta a la casa, sin prestarle atención a Jimena, quien le pedía ayuda. Ambas entraron al dormitorio, donde estaba cálido. Entonces, Cristina sintió que su cuerpo entraba en calor una vez más; después, miró de reojo a Jolette y le preguntó:
—Ya dilo de una vez. ¿Cuáles son tus intenciones?
Apenas hace un rato, Jolette seguía actuando con altanería, pero ahora parecía muy dócil; por lo tanto, este cambio tan repentino de actitud hizo que Cristina se preguntara si la otra tramaba algo de nuevo. El rostro de Jolette se tornó más sombrío; no se le daba bien complacer a los demás, así que parecía que la obligaran a hacerlo cuando hablaba de buena manera.

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