Rita se apresuró a decir: —Vendrán a discutir los detalles contigo mañana a las nueve.
—De acuerdo. Investiga los antecedentes de la empresa y asegúrate de que son de fiar —dijo Cristina.
Tenemos que comprobarlo cuidadosamente antes de proceder. ¿Y si son estafadores?
Después del trabajo, Cristina se llevó el contrato a la Mansión Jardín Escénico.
Natán había terminado pronto de trabajar aquel día. Lo primero que hizo al llegar a casa fue preguntar a Raymundo si Cristina había vuelto ya.
Raymundo respondió con una sonrisa: —La señora Hernández ha vuelto hoy temprano a casa. Te está esperando en el estudio.
—De acuerdo.
Natán subió inmediatamente las escaleras y se dirigió al estudio.
Abrió la puerta y le recibió la visión de Cristina en camisón blanco, acurrucada en la silla negra de su despacho. Las brillantes luces de la habitación resaltaban la marcada diferencia entre los dos colores.
Parecía haberse quedado dormida mientras le esperaba. Sus oscuras y largas pestañas proyectaban sombras bajo sus ojos, haciéndola parecer un gato que se estuviera echando una siesta en la silla de su dueño.
Al oír los pasos del hombre, Cristina abrió los ojos. —Has vuelto.
Se acercó a Natán, le tiró del brazo y lo sentó en la silla. Tras quitarle la chaqueta, le dio un vaso de leche caliente. —Has tenido un día agotador, cariño. Tómate un poco de leche y relájate.
Natán rompió a sonreír al ver cómo se preocupaba por él. Le dio un golpecito en la nariz y le dijo cariñosamente: —Está claro que estás tramando algo. Adelante. ¿Quieres que te ayude en algo?
Cristina se sintió un poco avergonzada de que él la descubriera enseguida y sonrió tímidamente. —Eres muy listo, cariño.
Sacó el contrato y dijo con orgullo: —¡Mira! Hay una empresa que quiere trabajar conmigo. Tengo miedo de que me estén estafando, así que quiero que me ayudes a examinar si hay algo malo en este contrato.
Descifrar contratos complicados como éste no era su fuerte, pero sí el de Natán. Con años de experiencia en la lectura de este tipo de documentos, sin duda sería capaz de detectar cualquier problema. Las comisuras de los labios de Natán se curvaron para formar una sonrisa mientras atraía a Cristina hacia sí.
—Dejar que examine el contrato por ti es una decisión inteligente. —Y le plantó un beso en la frente. —Ésta es tu recompensa.
Sonrojada, Cristina enterró la cara en su pecho. —Date prisa y ayúdame a leerlo.
Natán abrió el expediente y escaneó su contenido. No había nada malo en las cláusulas, pero lo leyó una vez más para asegurarse.
Cuando terminó, se conectó a Internet y buscó información sobre la empresa. Cristina asomó la cabeza fuera de su abrazo y se unió a él para leerlos.
Apartó los ojos del ordenador y miró a Cristina. —Todo en el contrato parece correcto. Puedes firmarlo sin preocupaciones.
—¡Qué bien! Ahora podré ganar suficiente dinero para comprarme una casa nueva en poco tiempo —exclamó feliz, con sus ojos oscuros centelleando de alegría.
Se había estado preocupando por encontrar un lugar donde su madre pudiera recuperarse después de que le dieran el alta en el hospital. Con esta cantidad de dinero, no tendría ningún problema en comprar un condominio para Sharon.
Natán le apretó las mejillas. —¿Vas a comprar una casa? En ese caso, ¿habría una habitación para mí?
—Por supuesto. Mi habitación es... tuya también, ¿verdad?. —le respondió Cristina con seriedad. Natán era muy importante para ella, y siempre habría un lugar para él en su corazón.
—Qué buena chica.
La pasión en los ojos de Natán era casi palpable cuando levantó la barbilla de Cristina y selló sus labios con los suyos. Sus alientos se entremezclaban, volviendo sugerente la atmósfera de la habitación. Las mejillas de Cristina estaban de un rojo intenso y en sus ojos apareció una mirada aturdida. El intenso deseo se transformó en llamas que abrumaban todo su ser. El tiempo pareció congelarse en aquel preciso instante. Sus sombras se superpusieron y formaron una masa oscura que se reflejó en la alfombra.
A la mañana siguiente, temprano, Cristina fue al estudio con el contrato.

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