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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1393

—No pasa nada si no lo recuerdas.

Como si hubiera notado la tristeza de Amelia, Dorian se giró hacia ella mientras esperaban en un semáforo en rojo.

—Empezar de nuevo es igual de bueno.

Amelia asintió levemente.

—Sí.

Dorian le acarició la cabeza con un gesto cariñoso.

Pero Amelia no pudo evitar sentirse tensa.

Esa era la diferencia.

Él podía ser cariñoso con ella de forma natural, pero ella no podía fingir que no pasaba nada y disfrutar de esa cercanía.

Esa tensión se hizo cada vez más evidente en los días siguientes.

Dorian no regresó de inmediato a Arbolada; se quedó para acompañarla a ella y a Serena. Pero ese sacrificio le generaba una gran presión a Amelia.

Frente a este Dorian, un sentimiento de culpa la invadía, haciéndola sentir que no merecía tanto.

Esa sensación le impedía disfrutar con naturalidad los sacrificios que él hacía por ella.

—¿Y si mejor regresamos a Arbolada?

Un día, después de una serie ininterrumpida de llamadas de trabajo de Dorian, Amelia finalmente se atrevió a decirlo.

—Tampoco puedes dejar la oficina para siempre.

—¿De verdad estás preparada para volver a Arbolada? —le preguntó Dorian.

Sabía que a Amelia nunca le había gustado mucho Arbolada.

Desde pequeña, ese lugar estaba lleno de demasiados malos recuerdos para ella.

Incluso para este viaje, había hecho planes detallados y se había preparado mentalmente.

Quería llevarse a Serena y establecerse en otra ciudad.

Para alguien que nunca tuvo un verdadero hogar, la ciudad donde creció no le generaba un gran sentido de pertenencia.

—No está tan mal —dijo Amelia—. Con unos días más, me acostumbraré.

Cuando estaban casados, Dorian le avisaba la noche anterior que tenía un viaje de negocios, pero no le daba los detalles del vuelo. Generalmente, se iba directo desde la oficina.

La mayoría de las veces, ella no se atrevía a preguntar, por miedo a que él pensara que estaba tratando de controlar su itinerario.

Solo en raras ocasiones, fingía casualidad y le preguntaba: «¿A qué hora es tu vuelo? Mañana tengo que ir al aeropuerto a recoger a un amigo, podríamos ir juntos».

En esas ocasiones, Dorian siempre se desviaba para recogerla. No importaba lo ocupado que estuviera, siempre hacía un espacio para buscarla y que fueran juntos al aeropuerto.

Pero esas situaciones la hacían sentir culpable, como si le estuviera quitando tiempo valioso.

En aquel entonces, al llegar al aeropuerto, Dorian hacía lo mismo que ahora: en cuanto bajaba del carro, le tomaba la mano y la llevaba con él hacia el mostrador de facturación. Pero durante el camino, apenas hablaban; la mayor parte del tiempo, Dorian estaba al teléfono.

Después de facturar, se despedían cortésmente. Y justo cuando ella sentía una punzada de decepción, Dorian de repente abría los brazos, la abrazaba suavemente y le daba algunos consejos triviales antes de darse la vuelta y marcharse.

Esos eran de los pocos momentos de ternura en su matrimonio, por lo que Amelia solía atesorar los recuerdos de ir a despedirlo al aeropuerto, aunque las oportunidades fueran escasas.

Ahora, al despedirlo de nuevo, recordar esos momentos le trajo una ola de nostalgia.

—En ese entonces, me encantaba cuando me abrazabas al despedirnos en el aeropuerto. Por eso, cada vez que te ibas de viaje, buscaba una excusa para venir, aunque casi nunca se daba la oportunidad —dijo con una sonrisa, sus ojos perdidos en el recuerdo mientras observaba a una joven pareja que se despedía con tristeza a su lado.

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