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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1479

—Sí —asintió Marta—. Su empresa es pequeña, es una compañía fantasma prácticamente, no tienen dónde guardar el material. Como aquí hay mucho espacio, lo traen y lo amontonan en la entrada.

Marta miró la montaña de grava en la oscuridad.

—En el pueblo hay muchos niños. Me da miedo que pase algo con esa pila de piedras y concreto ahí. Además, el terreno es bajo y ha llovido mucho; con la grava remojada, quién sabe si se derrumbe. Cuando llegué le dije que no pusiera cosas tan peligrosas en la puerta, pero no me hace caso.

Amelia miró hacia el montón de escombros, pero la noche era cerrada y no se veía mucho.

La mujer que estaba acaramelada con el marido de Marta finalmente notó a los extraños. Frunció el ceño extrañada y empujó al hombre.

El marido de Marta se giró. Al ver a Amelia y Dorian hablando con Marta, también frunció el ceño. Dejó los cubiertos y el vaso, se levantó y salió tambaleándose.

—¿Quiénes son ustedes?

Preguntó con voz pastosa y cargada de alcohol.

Marta se interpuso instintivamente para proteger a Amelia y Dorian, pero antes de que pudiera hablar, Dorian se dirigió al marido:

—Somos turistas. El GPS nos mandó por aquí y nos perdimos. ¿Sabe si hay algún hotel o posada cerca?

—En la ciudad, a unos quince minutos en coche —dijo el hombre impaciente, señalando hacia la salida del pueblo.

La mujer en pijama, que había salido tras él, intervino apresuradamente:

—No, no, para qué ir tan lejos a estas horas. En la entrada del pueblo hay una posada, yo los llevo.

Le dio una palmada en la espalda al marido para que no le espantara el negocio y bajó los escalones hacia ellos.

Marta se giró apenada hacia Amelia y Dorian.

—Las posadas de aquí son casas adaptadas por los vecinos, no son muy buenas...

—No importa, es solo para pasar la noche —dijo Dorian, mirando a Amelia—: Vamos a ver.

Amelia asintió.

Dorian había tenido un día pesado y había manejado horas; ella tampoco quería que siguiera forzándose.

Además, era muy tarde para llevarse a Marta.

—Yo los llevo —dijo Marta, ignorando a la mujer en pijama que quería congraciarse. Tomó a Amelia del brazo para irse.

La mujer puso mala cara.

—Marta, ¿qué te pasa? Yo los vi primero...

—Tranquila, no me interesa tu comisión —le espetó Marta con frialdad y jaló a Amelia.

Amelia miró la maleta tirada y le susurró:

—Llévate tus cosas.

Marta se detuvo, dudosa.

Dorian la miró.

—Llévalas. Si hay problemas, nosotros lo arreglamos.

Dejaron el coche ahí.

Dorian dijo que temía que no hubiera dónde estacionarse, así que lo dejó frente a la casa de Marta y dijo que pasaría por él al día siguiente.

—Vengan temprano —gruñó el marido—. Mañana viene el camión por la carga, no estorben.

—Qué carga ni qué nada —se burló la mujer en pijama—. Estás pedo. Hace días que no hay pedidos. Esa cosa va a seguir ahí amontonada quién sabe hasta cuándo. Hoy vino el delegado a quejarse, dice que estorba a los vecinos. Deja de beber y ponte a resolver eso.

—¿Y yo qué culpa tengo? —eructó él—. La cosa está caliente, nadie se atreve a venir por el material...

Marta no quiso escuchar más y les dijo a Amelia y Dorian:

—Vámonos, yo los llevo.

La mujer en pijama, temiendo perder la comisión, corrió tras ellos.

—Vamos, vamos, yo los acompaño.

Luego le dijo a Amelia con una sonrisa hipócrita:

—Ahorita le dicen a la dueña que van de mi parte, ¿eh?

Marta la ignoró con frialdad.

Dorian la miró y soltó como quien no quiere la cosa:

—Tanta grava... ¿a dónde la llevan?

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