Amelia frunció el ceño con confusión.
—¿A poco Alejandro trabajaba en otra cosa? ¿Qué no entró a Grupo Terrén apenas terminó la carrera?
Acordándose de la foto que Alejandro acababa de voltear, Dorian le dijo:
—Seguro hay un problema más grande de fondo. Puede que la relación de Elvia y Alejandro ni siquiera haya empezado por un compromiso de negocios.
—¿Ah, no? —Amelia lo vio extrañada.
—La verdad es que no conozco los detalles —aclaró Dorian—, pero sí está claro que la información de Elvia está bloqueada. Que a una persona cualquiera le pase eso significa que alguien con mucho poder metió las manos. El problema es que Alejandro es el único que sabe qué está pasando; a lo mejor hasta la misma Elvia lo ignora.
—Más al rato le escribo a mis excompañeros, a ver si saben si ha hablado con alguien desde que renunció —comentó ella.
La vez pasada, había sido gracias a Rosalinda que se enteró de la situación de Elvia.
Ya en la casa, le marcó directo a Rosalinda para preguntarle por ella.
Resultó que, al igual que su compañero Domingo, Rosalinda no estaba en el mismo departamento que Elvia, así que casi ni se hablaban, no tenían su número nuevo y mucho menos sabían con quién de la oficina se llevaba mejor.
Sin embargo, igual que la primera vez que Amelia le preguntó sobre ella, Rosalinda le recomendó que hablara con Rafael Iglesias.
Rafael se había cruzado con Elvia por cuestiones de trabajo y, por lo mismo, la conocía mejor.
Cuando Rosalinda le sugirió contactar a Rafael, Dorian estaba sentado justo al lado de Amelia.
Estaban los dos juntos en el sillón; Dorian revisaba unos documentos, pero en cuanto el nombre «Rafael» llegó a sus oídos, detuvo las hojas y la miró de reojo.
Amelia, casi por reflejo, enderezó la postura, se despidió amablemente de Rosalinda y colgó el teléfono enseguida.
—¿Tienes pensado buscar a Rafael? —le preguntó Dorian ladeando la cabeza.
Amelia negó con la cabeza rápidamente:
—Para nada.
Dorian no le quitó la vista de encima:
—Yo digo que sí tienes la intención.
Ese sujeto nunca se había resignado. La última vez, con el problema del pabellón de ciencias en la universidad, como ella no le había contestado los mensajes, Rafael se atrevió a llamarle a altas horas de la noche; fue por pura suerte que ella había tirado ese celular.
—¡Está bien! La verdad es que sin ti ni de chiste me hubiera atrevido a citarlo a solas.
Dorian sonrió y le acarició la cabeza.
El acuerdo para ver a Rafael se hizo rápidamente.
Acordaron cenar la noche siguiente, pero con la condición de que él decidía el lugar.
Rafael usó el pretexto de que ese día tenía un viaje corto de trabajo, así que no estaba seguro de llegar a tiempo; por lo mismo, sería más fácil para él agendar en un restaurante que le quedara de paso.
Como la que necesitaba el favor era Amelia, terminó dándole la razón.
Pero nunca se imaginó las intenciones ocultas de Rafael hasta que llegó al lugar al día siguiente.
Había reservado un restaurante exclusivo para parejas, con todo y decoración de flores y velas.
Apenas Amelia puso un pie dentro, Rafael tronó los dedos en el aire y, al momento, un mesero avanzó empujando hacia ella un carrito repleto de rosas rojas.
Amelia no supo qué decir.

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